3:47 a.m.

(Re-ciclando trabajos).

2:18 a.m. y llaman a la puerta.

Alguien ha dejado
tirada en el mármol
muñeca de trapo
sin dedos en las manos
(un souvenir de los sesenta).
Hecha jirones por muy pocas agujas
en demasiadas venas y arterias,
vaciada
de entrañas y alma,
rellena
con arena del jardín zen
donde sus nueve gatos
rebozan las palomas muertas.

“Vade retro, niña”,
escupe.
“He venido a acabar con mi tiempo.
A nada temo y poco quiero:
una mano que escriba
mi última voluntad
y otra mano
para quemarla”.

Sentada en mi regazo
recita trece salmos en sánscrito.
Invoca al mártir de turno,
al cuarzo y a la amatista,
a la Virgen de ocho hijos
con el himen intacto.

(Perdóname, señor
por no haber sido
cauterizada,
por no haber dejado
hervir mis huesos para
una sopa de sobre,
perdona
a tu humilde sierva
por cambiar la sangre
de alguno de tus hijos
por el raticida de la cafetera).

La luz halógena anida
en el cristal de sus ojos
sin cuencas,

y la tinta
de la fecha y hora
en otro formulario burocrático
salpica la sábana blanca
que sella los asuntos turbios.

¡DIOS!

(Dios está fumando Malboros light
en la puerta de urgencias,
mientras yo le hago el trabajo sucio).

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