Alan

No eran ni las siete de la de la mañana, pero Alan siempre se despierta al alba, sin necesidad de despertador. No bosteza, ni se despereza, ni hace un gesto más de los estrictamente necesarios. Simplemente se viste con la ropa metódicamente doblada sobre la silla y pide permiso para salir. Después de tantos años, los celadores y guardias conocen de sobra la rutina diaria de Alan. Lo acompañan hasta las instalaciones que hacen de gimnasio casi personal, donde pasa entrenando las dos horas siguientes bajo supervisión: las pesas, cuerdas y correas de las máquinas pueden ser perfectamente un arma (aunque por suerte nunca habían tenido problemas en ese sentido con Alan, nunca estaba de más ser precavido). Luego pasa a las duchas, donde se demora seis minutos exactos, ni uno más del que precisa. Cuando volvió a su habitación, ya había alguien dentro.

—Buenos días, madre.
—Buenos días, Alan —respondió la mujer de mediana edad sentada en el borde de la cama, acercándole la bandeja del desayuno—. ¿Has dormido bien?
—Sí —respondió el muchacho lacónicamente, mientras se metía entre las sábanas blancas se ponía la bandeja en el regazo. Sin más parsimonia, empezó a comer.
—Hoy va a venir a verte el doctor Morgan.
Alan frunció el entrecejo. No le gustaban las visitas inesperadas, y precisamente el Dr. Morgan siempre era un fastidio.
—Hoy quería salir a correr con Anubis —respondió sin cambiar su tono de voz, aunque cualquiera que lo conociera sabría por la cara que estaba disgustado.
—Podrás ir en cuanto el doctor termine.
—No me gusta que me molesten cuando ya tengo planes.
—Lo sé —dijo ella con paciencia. Sabía cómo funcionaba la mente de Alan mejor que nadie, y que no conseguiría nada intentando razonar con él. Sólo órdenes claras, sencillas, sin margen para la discusión—. Cuando hayas acabado con el doctor podrás bajar al patio.

Alan dudó un momento, luego asintió y volvió a comer en silencio. La mujer lo observó unos instantes y luego volvió su mirada hacia la habitación. Un armario, una mesa sin esquinas, una ventana con rejas proyectando una luz fragmentada en panal de abejas sobre las paredes blancas. Lo único que no tenía ese regusto a aséptico eran los folios con dibujos de las paredes, algunos amarillentos por la cantidad de años que llevaban allí colgados. Se fijó en uno en concreto, dibujado por Alan hacía mucho por petición del doctor Morgan precisamente. Cuando le pidió que dibujara a su familia, él se dibujó a sí mismo en pijama, con el pelo castaño perfectamente peinado y mirada inexpresiva; y a ella, con la media melena rubia, vestida de blanco, un poco más alta que él (a sus ahora 15 años, Alan le sacaba casi una cabeza, y era el doble de ancho que ella). Nadie más.
El doctor Morgan llegó a las diez, puntual como un reloj suizo. La bata blanca, perfectamente planchada, hacía juego con el pelo cano, y sus ojos de halcón brillaban con perspicacia tras unos gruesos cristales.
—Buenos días, Alan.  ¡Vaya,  diría  que has crecido desde la última vez que te vi! —le acercó la mano al muchacho. Alan la estrechó con indiferencia—. Tan formal como siempre, ya veo. Cuéntame, ¿ha pasado algo especial en estas semanas? —dijo mientras se sentaba en la silla y sacaba un bloc de notas de su maletín de piel.
—No mucho, realmente. He estado entrenando todos los días. 6 horas. Y madre nos ha llevado a Anubis  y a mí a cazar al bosque fuera de los muros.
—Ah, qué bien. ¿Cazaste algo?
—Dos ciervos, ¿verdad? —respondió la mujer levantándose de la cama.
—Eran pequeños y muy rápidos —comentó el chico con algo demasiado frío para ser catalogado como entusiasmo—, pero tengo buena puntería, incluso cuando corren entre los árboles.
—Ajá —el doctor garabateó unas notas con la pluma—. Bueno, quiero hacerte algunas pruebas, ya las conoces. Terminaremos enseguida —continuó al ver la cara de desagrado del joven. Luego miró a la señora, pero ella ya sabía lo que tenía que hacer.
—Estaré esperando fuera. Haz lo que te diga el doctor, sin rechistar —dijo antes de salir cerrando la puerta tras de sí.
Una hora y media más tarde, Alan estaba en el patio interior, dando vueltas dentro del recinto amurallado, seguido de su enorme Gran Danés negro. En cierta manera se parecían: los dos corrían vuelta tras vuelta sin que apenas se les acelerara el pulso, sin meta, una y otra vez. A Alan le encantaba ese perro, aunque le permitían subirlo a la habitación ni estar con él más de unas horas al día. El resto del tiempo el animal estaba dentro del cobertizo metálico, donde le gustaba dormir sobre un montón de mantas raídas y pelearse a muerte con las ratas por su ración de comida. A veces salía incluso con mordeduras, pero no parecía importarle el dolor, y eso era lo que a Alan le gustaba.
Una figura rubia los observaba desde una ventana enrejada. El doctor Morgan se acercó, terminando de guardar sus fichas en el maletín, y ella esperó sin decir nada.

—No muestra ningún signo de empatía ni prácticamente afectividad —dijo el hombre con calma.
—Nada nuevo, entonces —la mujer no se giró. Siguió mirando hacia abajo, a las dos figuras orbitando sobre el cemento gris.
—Bueno, su potencial agresividad parece perfectamente canalizada… de momento. Tiene una rutina bien establecida, pero realmente no sé cómo respondería ante una situación de estrés.
—Puedo imaginármelo —inclinó apenas su cabeza para mantener al chico y al perro dentro de su campo visual. Luego se volvió hacia el doctor—. Adora disparar cualquier arma, pero realmente no siente nada ante el hecho mismo de matar. Es imperturbable, aunque yo diría que le ayuda a liberar tensiones.
—Susan… —dijo el doctor en voz baja, con la confianza que sólo podían dar años de dedicación a la misma criatura—. No tiene tensiones que liberar. En realidad, por dentro… no tiene prácticamente nada.

Dos días después, cuando Alan bajó al cobertizo, se encontró la puerta abierta y el montón de mantas vacío. Llamó al perro por su nombre y silbó de la manera que él conocía, pero Anubis no aparecía por ninguna parte. Alan se dirigió a Perkins, el guardia que ese día estaba vigilando el recinto.

—Estaba así cuando empecé el turno. Habrá vuelto a soltar el cerrojo y salir a perseguir algo —le contestó el hombre uniformado.
Alan no se preocupó lo más mínimo: no era la primera vez que Anubis se escapaba y luego aparecía dormido en algún rincón. De hecho, le proporcionaba la excusa perfecta para explorar sin que nadie le molestara. Caminó pegado al muro sin prisa, y subió las escaleras metálicas hasta los pasillos del ala norte, mirando en los recovecos y esquinas donde solía esconderse. Nada. Lo llamó y silbó varias veces, pero ni siquiera pudo oírlo ladrar.
Continuó por el largo pasaje que comunicaba con el ala este, atravesando el paso de cebra que dibujaba la luz a través de la hilera interminable de ventanas. Desde cualquier punto se veía el patio, “No puede andar muy lejos” pensó. Y nada más pensarlo, vio una de las puertas metálicas entreabierta. Titubeó un segundo: las puertas casi nunca estaban abiertas. La inmensa mayoría estaban siempre cerradas bajo llave y sólo podía entrar si tenía un buen motivo e iba acompañado de uno de los guardias. Miró a ambos lados del pasillo pero no vio ninguno. Así que abrió del todo la puerta sobre sus goznes roñosos, y entró.
La puerta daba a un pasillo claustrofóbico, con las paredes grises atravesadas por tuberías oxidadas, iluminado por una fila de tubos fluorescentes en un techo muy bajo. En alguna parte se oía el repiqueteo del agua goteando sobre una superficie metálica, y el zumbido de los generadores eléctricos. Alan avanzó sin miedo pero con cautela, abandonándose a su sexto sentido. Dobló una esquina y pudo escuchar el ruido tenue de unas garras arañando, [i]¡debe de estar por allí![/i] Siguió avanzando y se le sumó un gruñido sordo, cada vez más y más cerca.

—¡Chico! ¿Dónde estás?
Al doblar la siguiente esquina, lo recibió un casi rugido. Al fondo del pasillo, en un callejón sin salida, estaba la enorme figura del Gran Danés negro.
—¡Anubis! ¿Cómo has llegado hasta aquí?  —empezó a decir aliviado mientras se acercaba, pero de nuevo su intuición le alertó de algo.

El animal, echado sobre el suelo y resoplando, levantó la cabeza. Era él pero no parecía el mismo. Gruñía y giraba los ojos desencajados hacia la figura que se le acercaba, desorientado, con la lengua afuera en un mar de babas y espuma. Antes de que el chico pudiera casi detenerse, el animal se había abalanzado sobre él.
Por suerte, Alan era ágil y fuerte, y el perro grande y pesado. Lo esquivó, retrocediendo en la esquina, con lo que el animal chocó contra la pared y cayó al suelo, confuso. El chico no dudó y echó a correr hacia la salida mientras la bestia se levantaba e intentaba volver a identificar a su presa.

—¡¿Qué te pasa?! —gritó el muchacho frenando un poco y girando apenas la cabeza.

Pero el animal no pareció reconocerle y lo persiguió ladrando como poseído. Saltó hacia delante y con sus dientes afilados, rasgó la camiseta del joven por debajo del hombro y perforó apenas su piel, antes de que de un envión el chico lo tirara al suelo. Él lo observó apenas unas décimas de segundo con frialdad, mientras el perro tosía espuma pero hacía esfuerzos por levantarse, obstinado. Se había vuelto loco, o rabioso. Tenía que acabar con él, antes de que él consiguiera hacer lo mismo.
De un vistazo, hizo un barrido del entorno buscando algo para defenderse, y encontró a unos pasos en la pared un cristal de seguridad con un letrero de “Rómpase en caso de emergencia”. “Esto debe de considerarse una emergencia”, pensó, y rompió el cristal con el puño desnudo. Dentro había un hacha pequeña  y la empuñó.
El perro forcejeaba por levantar su enorme cuerpo y cargar otra vez. Sus ojos inyectados en sangre buscaban enloquecidos, sólo reconociendo formas y sombras amenazantes. Para cuando volvió a atacar, Alan ya estaba preparado: antes de que los dientes de la bestia rozaran siquiera su muslo, él ya había descargado el hacha. Y otra vez. Y una vez más. El animal cayó en un aullido lastimero, y la sangre salpicó en la cara del muchacho, pero no podía estar seguro. Dos veces más.
Perkins lo encontró así, hacha en mano, con la ropa empapada de sangre (del animal y de la propia que manaba de su brazo y puño) frente a la masa amorfa de carne carmesí que antes había sido su mascota. El guardia enfundó su arma.

—¿Qué ha pasado, Alan?
—Me atacó —dijo respirando ruidosamente por el esfuerzo. Se miró la herida del brazo: no le dolía, pero los dientes se le habían clavado más de lo que había supuesto—. Creo que estaba rabioso, ¿tendrán que ponerme una vacuna?
Perkins observó al muchacho unos momentos. Luego esbozó una media sonrisa.
—No lo sé. Llamaremos al doctor a ver qué opina.

El doctor Morgan y Susan esperaban en el pasillo, fuera de la habitación de Alan. El doctor había traído un arsenal de tranquilizantes consigo, pero no hicieron falta. Una vez supo que no tendría que ponerse ninguna vacuna más, se le llevó a las duchas (donde se demoró tres minutos más de lo habitual, para limpiarse los restos de sangre) y se le curaron y vendaron las heridas, pudo descansar tranquilamente y ya casi estaba dormido.

—Resulta inquietante —comentó en voz baja la mujer asomándose a la ventana enrejada de la puerta, viéndolo tumbado en su cama en la oscuridad, esperando con disciplina a que el sueño le viniera.
—Bueno, de eso se trata, ¿no?  —contestó el doctor apoyado en la pared, mientras limpiaba los cristales de sus gafas.
La mujer suspiró.
—Ese perro ha sido virtualmente el único amigo que ha tenido en años —dijo mientra se alejaba de la puerta, con los brazos cruzados a la espalda. Luego prosiguió—. ¿Y qué ha hecho falta para que acabara con él? Una inyección de anfetaminas al pobre animal y lo ha borrado del mapa sin pestañear. Y ahí está, como si nada hubiera pasado. Dime si no es para pensarse dos veces cruzarse en su camino.
—Me lo tomaré como un cumplido.
—Para variar… —sonrió la mujer con ironía.
—Porque lo es —espetó el doctor, poniéndose de nuevo las gafas—. ¿Te recuerdo los años que empleamos en esto, o la veintena de genetistas trabajando a destajo en el laboratorio? Suprimir los genes que generan el miedo, el afecto, la culpa… crear una máquina perfecta de matar. Sin remordimiento natural y sin placer psicopático: matar sólo como objetivo, sin detalles accesorios de dudosa practicidad. El que sea capaz de hacer algo así y dormir sin más es signo de que el proyecto está siendo todo un éxito.
La mujer se volvió a asomar por la ventanita y observó. El chico estaba en la misma exacta postura (boca arriba, con los brazos pegados al cuerpo sobre las sábanas, como un cadáver en su ataúd), pero tenía los ojos cerrados.
—Para ti es tan fácil hablar… —empezó a decir con cierto deje de amargura, mientras le hacía una señal al doctor con la cabeza, indicando que ya podían marcharse—. A ti no te llama “madre”.

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