Amenta (Parte I)

(Este texto es un reto, para tocar el género “fantástico” después de tantos años, con unas determinadas pautas. No me hago responsable de lo que haya podido salir).

—Una vez más. Y separa esos pies.
El aire se astilló con el ruido de la madera seca. Bajo las hojas del sicomoro, una espada roma hizo un amago de estocada baja. Su gemela consiguió pararla, y se apresuró a cortar el aire, casi arañando el torso desnudo del muchacho, que pudo apartarse a tiempo.
—… Casi.
Sefu contraatacó con su sable de madera, un golpe a la izquierda, el siguiente hacia el costado contrario, sin dejar respirar a la chica que los interceptaba retrocediendo cada vez más. En el último embate, la sandalia de Inaya se enganchó en una de las raíces salientes y cayó hacia atrás en un revuelo de lino y diminutas trenzas morenas.
El chico, apuntando todavía hacia el rostro enfurruñado de su hermana, rió ruidosamente y le ofreció una mano para levantarse. La niña la ignoró y se levantó por sus propios medios.

—Eso no ha contado —dijo sacudiéndose la arena de la falda.
—No, claro que no —le respondió Sefu burlonamente—. Vas mejorando. Dentro de poco podrás empuñar un arma de verdad.
—Ya tengo un arma — replicó Inaya enseñando el minúsculo puñal escondido bajo su manga izquierda en un brazalete de cuero.
—Ah, claro. Con un poco de suerte podrás hacerle cosquillas a un cocodrilo.
—Ja, ja y ja. Podría matar a un hombre si acertara en el lugar exacto —la niña recogió su espada del suelo—. ¿Cuándo te dejó padre usar su sable?
—Cuando aprendí a usar el arco.

Inaya bufó.
—No me gusta el arco. Es aburrido. Y cobarde. Atacar a cincuenta pies de tu enemigo es no darle la oportunidad de defenderse.

El muchacho sonrió y miró hacia el oeste. El sol estaba bajo y se desparramaba sobre el verdor de la cuenca del Nilo.

—Vámonos ya. Si volvemos a llegar tarde Abasi nos mandará a cenar con las cabras.
—No habrá mucha diferencia con una cena normal —espetó Inaya sarcásticamente, aunque su hermano sabía que no lo decía en serio. Abasi y su familia habían acogido bien a los dos huérfanos, y los trataban como a sus propios hijos.

El chico recogió el arco corto y la aljaba con flechas de una de las ramas bajas del árbol, mientras la niña se adelantó, danzando con su espada como si luchara con un enemigo hecho de viento.
Sefu sonrió. Su hermana era fuerte como un muchacho, o al menos trabajaba tan bien como uno, llevando el arado de bueyes y recogiendo el trigo y el algodón en la época de cosecha. Tal vez por eso Abasi aún no había dicho nada de enviarla a la ciudad para casarla como había hecho con sus hijas, a pesar de que Inaya había cumplido los doce años y ya no debía llevar el busto descubierto fuera del campo de trabajo (muy a su disgusto). Prefería jugar con los muchachos y no parecía lo más mínimamente interesada en la vida doméstica. Le tranquilizaba pensar que podría defenderse sola cuando tuviera que separarse de ella.

—¡Sefu!
Inaya se había parado en seco en lo alto de la colina. Cuando su hermano la alcanzó, miró hacia la explanada de limo oscuro y algodón en flor. Y más abajo y un poco al norte entre los tamariscos y palmeras, la casa de adobe de Abasi… bajo una columna de humo. Varios buitres y aves de rapiña la sobrevolaban en círculos. Un mal augurio.

—Corre al algodonal, rápido —dijo a su hermana—. Quizás aún no hayan vuelto. Y que traigan agua del pozo.
La niña asintió y bajó por el lateral de la ladera tan rápido como le permitieron sus jóvenes piernas. Mientras, Sefu bajó la vereda, amparado por algunas acacias. Cuando estuvo lo bastante cerca, aminoró la marcha y sacó su arco y una flecha. No era la primera vez que habían entrado bandidos en una de las granjas vecinas, o chacales atraídos por el olor de los corderos, que podrían haber tirado alguno de los candiles. Se acercó por el patio trasero, de donde venía el humo.

Las ascuas del horno de piedra estaban esparcidas por el suelo, y habían prendido unos montones de leña algo verde que soltaba vapor escandalosamente pero sin mayor peligro. El muchacho sofocó las llamas con un par de puntapiés y suspiró aliviado, aunque seguía habiendo algo que le inquietaba. Mut nunca dejaba el horno desatendido, y aunque la puerta trasera estaba abierta de par en par no se oía más que el crepitar de los últimos tallos al consumirse.
Se acercó a la pared de adobe y se puso de espaldas junto a la puerta, sin bajar el arco. A esa distancia le serviría de poco, pero si había un animal salvaje dentro, todavía podría acertarle con un buen ángulo. Giró la cabeza y atisbó el interior: los utensilios de cocina y la olla de latón donde Mut hacía el guiso estaban desparramados por el suelo. La puerta de la despensa estaba abierta y los armarios abiertos. El chico agudizó el oído. Nada.
Sefu respiró hondo, tensó la cuerda, y dejó que la punta de la flecha entrara primero, buscando instintivamente cualquier objetivo que se moviera. Pero no se movía nada. Tardó unos segundos en entender lo que veía, y después casi le fallaron las piernas.

Una pila de cadáveres. Amontonados junto a la mesa volcada. Reconoció la figura enjuta de Abasi, su piel seca como el cáñamo por cuarenta años bajo el sol. Mut, su segunda esposa, con el pequeño Usi todavía sujeto por la cintura junto a ella. Latif, bocabajo en el suelo, aún empuñando el cuchillo de arrancar los ojos al cordero asado. Y el mayor, Hasani, que yacía con la cara vuelta hacia la puerta, con tal expresión de horror que a Sefu le pareció que su mirada le atravesaba el estómago y lo empujaba hacia arriba en una arcada.

El muchacho siguió apoyado en el quicio de la puerta, con la boca abierta de espanto, hasta que el graznido de un buitre lo despertó de su ensimismamiento. Se acercó con paso vacilante, tembloroso, y tragó saliva. No había sangre. No tenían heridas. Si no fuese por la palidez cérea de su piel y la mueca de sorpresa y dolor (el muchacho sintió un escalofrío recorriéndole la espalda) parecía que estaban perfectamente bien. Se acercó un poco más y tocó la diminuta mano de Usi con dedos temblorosos. Estaba fría como la sombra de…

—Por todos los dioses, ¿qué ha pasado aquí? —susurró una voz a su espalda.

Sefu se incorporó como un resorte y volvió a tensar el arco. Una figura a contraluz levantó las manos desde el quicio de la puerta.
—¿Quién eres?
—Soy Harakhty, el hijo menor de Teremun. Iba de camino a casa y he visto el humo.

Sefu mantuvo el arco en alto unos instantes, hasta que reconoció al chico. La familia de Teremun vivía un poco más río arriba, aunque a Harakhty hacía meses que no lo veía. No tendría más de dieciséis o diecisiete años, tez algo más pálida de lo que acostumbraba un muchacho de su edad, y ojos verde oscuro. La cabeza rapada, incluyendo las cejas, el bastón ornamentado y la túnica blanca impoluta lo señalaban como un miembro del clero. Sefu recordó haber oído sobre un hijo de Teremun que se estaba instruyendo para ser sacerdote.

—Yo… —la voz de Sefu tembló, pero hizo un esfuerzo para mantenerla firme—. Otras veces han entrado lobos, o hienas, pero…
Harakhty se acercó a los cuerpos en el suelo. Lentamente se puso en cuclillas y los examinó.
—Esto no lo ha hecho un animal. Ni un ser humano, lo he visto antes —levantó la vista para mirar a Sefu a la cara—. Invocadores de demonios.
Sefu se quedó sin respiración. Todavía tenía muy fresca la imagen de los estragos que hicieron los demonios durante la Tercera Guerra. El fuego. Los escombros. Los cadáveres y los llantos. La voz de su padre gritándole que corriera. Inaya y él huyendo de la nube de cenizas.
—Pero… ¿ahora? ¿Aquí? ¿Por qué?

El aprendiz de sacerdote señaló al desorden a su alrededor.
—Puede que buscaran algo, o a alguien.

“Inaya” pensó Sefu. Aún no había vuelto. Corrió hacia la puerta, atravesó el patio y echó un vistazo al horizonte. No se calmó hasta que la vio de vuelta entre los árboles.
—¡No hay nadie abajo! —gritó la niña casi sin resuello desde la distancia—. ¿Están ahí?
No había pensado en qué iba a decirle. Cuando llegaron a la granja Inaya apenas tenía ocho años. Recordaba muy poco a su padre, y nada a su madre. Abasi y los suyos eran su familia, más incluso que para él. No sabía qué decirle, pero sabía que no podía dejarla entrar.
Llegó con la frente perlada en sudor, y enseguida notó que algo no estaba bien.
—¿Qué ocurre? ¿Se ha quemado algo? —dijo acercándose a la entrada. Pero su hermano la sujetó del brazo.
—No, Ina’. Quédate aquí.
—¿Qué ha pasado?
—Pasa que tenéis que iros de aquí. Enseguida — Harakhty contestó saliendo por la puerta. Inaya retrocedió, confusa hasta que su cara le resultó familiar—. Van a volver.
—¿Quiénes van a volver?
—No podemos irnos. Necesitan un rito de enterramiento digno.

Inaya abrió los ojos horrorizada.
—¿ENTERRAMIENTO? —se zafó de su hermano y se abalanzó hacia la puerta, donde el joven sacerdote la retuvo—. ¡Déjame entrar!

—No te aconsejo entrar ahí—Harakhty la sujeto por los hombros y la miró fijamente—. Y no hay tiempo —se dirigió al otro muchacho, que seguía parado sin saber qué hacer—. Los demonios volverán al caer la noche, puede que en mayor número. Debemos estar lejos cuando se ponga el sol.
La palabra “demonios” bastó para que Inaya dejara de forcejear y contuviera un gemido. Ella también sabía lo que significaba. Su hermano la miró. Si había alguna posibilidad de que volvieran, debía ponerla a salvo.
—De acuerdo. ¿Tus padres pueden acogernos?

Harakhty negó con la cabeza.
—No pienso conducir a quien quiera que os busque hasta mi familia, incluso si pudieran hacer algo para protegeros. Tenéis que buscar asilo sagrado —hizo una pausa—. Mi maestra, la Suma Sacerdotisa Khalida, está ahora en el templo de Anubis. Puedo llevaros y abriros las puertas, pero tenemos que salir ya. Coge lo que necesitéis para pasar la noche.

Sefu asintió y entró a la casa, sin mirar directamente a la pila de cuerpos que seguía allí. Cogió dos mantas de los camastros y algo de carne ahumada de la despensa. Luego abrió la caja donde guardaba el sable heredado de su padre. Lo desenvainó: seguía brillante y afilado. Volvió a envainarlo y se ató la funda a la cintura. Era probable que lo necesitara.
Encajó todas las contraventanas y cerró la puerta antes de salir:mno iba a permitir que ningún ave carroñero mancillara sus cuerpos. Mandaría a alguien a prepararlos cuando Inaya estuviese segura.

—Vamos. ¿Cuánto tardaremos?
—Río arriba y hacia el oeste… Si fuera solo estaría allí poco después del anochecer, pero con vosotros creo que tendremos que hacer un alto en el camino.
—¿Tú solo? ¿Es que puedes teletransportarte o algo así? – escupió Inaya con desdén, pero la voz le temblaba.

Harakhty miró a la niña y contestó con dulzura.
—No. Pero los sirvientes de Horus tenemos un modo no menos espectacular de viajar. Seguidme.
El joven dirigió su mirada al sol que empezaba a esconderse, y cerró los ojos. Crispó los puños y estiró la columna. Su nariz se curvó, de sus piernas crecieron garras afiladas como cuchillos y de cada uno de sus poros nació una pluma color bronce. Convertido en un halcón, se elevó en el aire y lanzó un graznido que reverberó en toda la planicie que se rendía al Nilo.
Sefu miró una última vez a la casa, y luego a su hermana con los labios contraídos en una mueca para no estallar en llanto.

—Vamos —dijo pasándole el brazo por sus hombros, un gesto protector que la niña normalmente no solía tolerar más de unos segundos sin intentar escaparse.

Esta vez, Inaya no lo rechazó.

2 Comments

  1. Me gusta mucho la ambientación árabe/egipcia que le has dado. En cuanto a nombres, está todo correcto (aunque yo pondría Latif en vez de Lateef; esta última es la versión inglesa).
    ¡Tengo curiosidad por saber qué pasa después!

¡Los comentarios son bienvenidos!