Amenta (Parte II)

Entrada ya la noche al borde del desierto, Harakhty bajó del cielo y decidió hacer un alto. Había caminado en silencio hasta mucho después del ocaso, bajo el resguardo de la vegetación. Pero ahora todo lo que tenían por delante era una zona baldía, sin luna, en la que ni siquiera como halcón era capaz de ver más allá de la segunda cadena de dunas.

—¿Enciendo un fuego? —preguntó Inaya. Era su forma de decir que empezaba a tener frío.
Su hermano le puso una manta sobre los hombros, mientras que Harakhty amontonaba ramas secas. Las tocó con su bastón y empezaron a arder.
—Es el primer truco en el que me instruyeron —dijo con una sonrisa blanca viendo la cara de interés de la niña.
—Sí, bueno, no es lo más impresionante que he visto nunca—replicó orgullosamente, aunque se sentó al fuego de buen grado.
Su hermano le acercó algo para comer, y luego ofreció al otro muchacho, que lo declinó con un gesto.
—Estoy acostumbrado al ayuno, y a la vigilia.
—Por la vigilia no será problema. Yo puedo hacer guardia —contestó Sefu fríamente. No le gustaba ese aire perdonavidas, viniendo de un chico que no sería más de dos años mayor que él.
—¿Quién ha hecho todo esto, Harak’? —preguntó Inaya con la boca medio llena. No había hablado en todo el camino, y su hermano sabía que había estado dándole vueltas.
—No sé quién. Pero si atacan a la luz del día, es porque alguien los ha estado controlando. Un mago, o tal vez un nigromante.

Se hizo el silencio. Un chacal aulló, a lo lejos. Luego otra vez silencio. Inaya miraba con aprensión al chico con sus enormes ojos negros, mientras Harakhty abría su zurrón de cuero con parsimonia.

—Sé algo que te puede ayudar —sacó una bolsa de intestino de cordero, atada con bramante—: un sello de protección.
Abrió la bolsa y mojó el dedo índice en la amalgama rojo oscuro que contenía.
—¿Qué es?
—Sangre y ceniza de un buey sacrificado a Osiris —viendo la cara de repugnancia de la niña, sonrió y añadió—. No es agradable de tener en la piel, pero servirá. Déjame tus manos.

Inaya miró con recelo, pero la curiosidad pudo más y extendió los brazos. Sefu no dijo nada, pero los músculos se le tensaron involuntariamente. No le gustaba aquel desconocido tocando a su hermana.
El aprendiz trazó un símbolo en la muñeca izquierda de la chica. Era un dibujo simple, apenas un semicírculo aplanado con dos patas de desigual longitud. Mojó el dedo índice y tomó su mano derecha.

—El Ka, la fuerza vital del alma, está a flor de piel en los brazos, ¿lo sabías? —dijo el joven mientras repetía el mismo dibujo en la otra muñeca.
Inaya negó con la cabeza, y miró con curiosidad su piel pintada.
—Acércalas al fuego para que se seque. Mientras no te alejes de nosotros te mantendrá a salvo.
La niña acercó las manos a la lumbre. Con aquel resplandor, parecía llevar puesta una finísima coraza de bronce. Su hermano relajó la espalda, y quitó la mano de la empuñadura del sable.
—Duerme un poco, Ina’. Aún nos queda camino para mañana.
Debía de estar realmente cansada, porque no refunfuñó ni dijo nada de hacer ella unas horas de guardia. Se hizo un ovillo en la manta raída, no lejos del fuego. Los dos chicos la observaron en silencio. No tardó mucho en borrar la tensión de su cara y acompasar el ritmo de su respiración.

—¿Cómo estás tan seguro de que nos buscan a nosotros? —preguntó Sefu en un susurro—. No tenemos nada de valor, ni ningún motivo por el que nos quieran más que a cualquier otro.
Harakhty no respondió inmediatamente. Contempló la plácida expresión de la niña y supiró.
—No quería asustarla más. He visto antes cosas así, y he oído muchas historias. La mayoría de nigromantes fueron desterrados tras la Tercera Guerra… o al menos eso es lo que dicen —bajó la mirada hacia las llamas—. Pero sé que aún existen, actuando en secreto.
Giró la cabeza hacia Sefu. Los ojos verdes brillaban como escamas de serpiente húmedas de rocío. Al chico le nació una sacudida desde en la boca del estómago, pero consiguió sostenerle la mirada. Luego el aprendiz prosiguió
—No todas las almas ni todos los cuerpos son iguales. Hay algunos especialmente valiosos para quien invoca espíritus o libera no-muertos… una jovencita virgen, por ejemplo. Es un premio codiciado, y no hay demasiadas por esta zona.
Sefu giró la vista a su hermana, durmiendo ajena a la conversación.
—…¿Qué hacen con ellas? —apenas musitó.
—Depende — Harakhty dudó antes de contestar—. Pueden ser ofrendas de sacrificio para un señor de los demonios. O en transfusiones de espíritus. Para sembrar en otro cuerpo el alma de una persona que ya vaga en el Reino de los Muertos se necesita un recipiente… limpio.
—A ella no la van a tocar —escupió Sefu con repulsión y rabia, sin elevar el tono de la voz—. No mientras yo esté aquí. No les tengo miedo.
—Deberías temerles. Por eso debemos darnos prisa. Mi maestra es sabia. Ella… —volvió a bajar la cabeza—. Ella sabrá qué hacer.
—Inaya es fuerte. No podrán hacerle daño tan fácilmente.
—¿La amas? —preguntó el joven sacerdote con curiosidad.

Sefu se frunció el entrecejo, confuso. No se esperaba algo así.
—Menuda pregunta. Por supuesto que la amo, es mi hermana. Prometí cuidarla y eso es lo que pienso hacer.
—¿Incluso si tuvieras que matar o morir? —el tono de Harakhty se volvió apenas perceptible en el murmullo del viento entre las hojas.
Turbado, la voz le tembló al contestar, aunque hacía mucho sabía la respuesta.
– Por… por supuesto.
– Harakhty lo miró fijamente unos instante más. Luego sonrió, brillante como una luna en cuarto menguante.
—No vas a dormir hoy, ¿verdad?.
—No.
—Me alegro. Cuatro ojos ven más que dos, y mis vigilias siempre han sido solitarias. Será un cambio agradable —dijo mientras guardaba la bolsita de sangre y ceniza en el zurrón.
—¿Qué significa ese símbolo? —preguntó haciendo un ademán hacia Inaya.
—Que yo sepa, absolutamente nada —susurró Harakhty con media sonrisa—. Dormirá mejor así.
Sefu miró a su hermana. Bajo la manta se adivinaban sus piernas flexionadas, y la expresión serena bajo el desorden de trenzas.
“Debería habérseme ocurrido a mí”, pensó. Y, por primera vez, le devolvió la sonrisa al aprendiz.

—Ina’. Es hora de irnos.
El sol apenas había salido y la niña se incorporó, desorientada.
—Pensaba que todo había sido un sueño…
Harakhty había enterrado los restos del fuego en la arena y ahora miraba al este.
—Estamos más cerca de lo que pensábamos. Tenemos que atravesar el arenal antes de que el sol esté más alto.

Luego se transmutó en halcón, y se elevó para señalarles la el camino. Sefu no quería reconocerlo, pero encontraba fascinante aquel proceso. Se imaginó a sí mismo planeando sobre el valle inundado, muy por encima de las palmeras más altas, bajo un sol benigno. Envidiaba a aquél muchacho enclenque capaz de volar mientras él se limitaba a arrastrarse como una víbora en el suelo.
Caminaron a buen ritmo, en silencio. Inaya prensaba la arena bajo sus sandalias a cada paso, como si con ello acallara a todos los demonios del inframundo. El sol a sus espaldas subía perezoso, y mucho antes de que llegara a su cenit, al llegar a lo alto de una duna, encontraron el templo.
Un recinto amurallado de caliza y arenisca, con enormes puertas custodiadas por dos chacales de piedra, tan altos como tres hombres, uno a cada lado. Harakhty graznó y se adelantó, volando por encima de la muralla. Cuando los hermanos llegaron a la entrada, las puertas crujieron y se abrieron apenas para que pudieran pasar. Tras ellas, un interminable jardín rectangular, flanqueado por hileras de duraznos e higueras, las ocres columnas y grabados en las paredes de los edificios accesorios.
Harakhty no los dejó entretenerse y los condujo a través del vergel. Al llegar hasta el borde del estanque, cebado de lotos y papiros, paró en seco. Sólo se oían los pájaros despertando. Inaya se movió nerviosa y una rampa seca crujió bajo sus sandalias.
—No me gusta esto —susurró apenas el muchacho, con la mirada perdida.

Empezó a rodear el estanque en silencio. Sefu detrás, podía sentir en la tierra el peso de sus propios pasos. Echó una mirada de reojo al agua y vio la superficie inquieta, en ondas rítmicas, acelerándose.
—Harak’… —empezó a decir, pero el otro chico lo interrumpió.
—Lo he visto. Están aquí.
Apresuró el paso y el suelo comenzó a temblar. Primero con un ruido sordo y después levantando la tierra de entre las raíces. El estanque burbujeaba y escupía vapor como si el infierno se hubiese abierto en su fondo.

—¡Corred!

La nube de polvo y agua empezó a aremolinarse, apelmazándose, moldeando en barro una forma lejanamente humana. La entrada al santuario estaba al fondo… demasiado lejos. Antes de que llegaran a alcanzarla, aquel monstruo cristalizó y aterrizó en el suelo. Era tan alto como dos hombres, con los miembros de hueso apenas cubiertos por carne en descomposición. Las cuencas sin ojos eran dos nidos para los escarabajos que trepaban desde su torso. Abrió el orificio que en vida debió de ser su boca, y un rugido de ira ciega y dolor hizo temblar las hojas de los granados.
Sefu desenvainó el sable y miró a Harakhty.
—¡Llévatela de aquí!
El aprendiz asintió, pero Inaya abrió desmesuradamente los ojos y se acercó a su hermano.
—¡NO!
—Viene a por ti —dijo Harakhty con firmeza, cogiéndola del brazo—. Tienes que irte. ¡Vamos!

Tiró de ella hasta la galería de columnas que daba paso al sacra santórum. Sefu giró la cabeza sólo unos segundos para ver dos enormes ojos negros congelados de pánico, mirándolo hasta desaparecer en la penumbra.
Luego se volvió hacia aquel engendro del inframundo, afianzó los pies en la tierra y levantó el arma.

***

Harakhty la arrastró por la fuerza para bajar la escalinata
—¡Suéltame! ¡Tenemos que ir a ayudarle, ese ser es enorme! —lloriqueó Inaya intentando zafarse.
—Se hace tarde.

Llegaron a una sala enorme. Las antorchas estaban encendidas, y el sol de la mañana a través de una claraboya iluminaba la piedra y el oro como a través de un cristal de ámbar. En el centro, una gigantesca estatua de Anubis, mitad hombre mitad chacal, negro como la muerte. Sujetaba entre sus manos una balanza de oro, con dos platos enormes apoyados en el suelo, tan grandes que un camello podría descansar en cualquiera de ellos.
El joven se detuvo ante el altar. Luego miró a la niña y dijo:

—Ahora tienes que ayudarme tú a mí.

***

El grito agudo resonó en la sala, trepó por los escalones, rebotó en las columnas y llegó reverberante hasta el jardín.
“Inaya”.
Sefu se levantó a duras penas sobre la pierna intacta y consiguió levantarse. Observó la herida en su muslo izquierdo: parecía superficial y ya apenas sangraba.
Cojeó hasta el montón de polvo donde su sable aún estaba clavado, y al agacharse a por él tuvo que contener una arcada. No podía detenerse ahora.
Mientras los músculos se le desentumecían, atravesó cojeando la entrada al santuario, apoyándose en cada columna, llegó hasta la antesala del altar y se asomó por la barandilla en el lateral de la escalinata.

Bajo la sombra de un Anubis de piedra y azabache, estaban su hermana y aquel joven sacerdote. Un sicomoro echó raíces en su pecho y fragmentó hasta la última de sus costillas. Él la estaba besando.
Su pierna buena tembló y estuvo a punto de caerse. Harakhty tenía su mano bajo la morena mandíbula de Inaya. Sólo hasta que sus pulmones se quejaron de la falta de aire se dio cuenta de que se había olvidado de respirar.
Ya no veía nada más. El vacío sobre su estómago se inflamó con una rabia incontenible, infantil, y empezó a moverse. Sacó el arco de su espalda y lo puso en posición. Con la otra mano, cogió una flecha de la aljaba y la colocó, sin prisa. Apretó los labios que amenazaban por cobrar vida independiente. Inaya y Harakhty seguían pegados, desde allí era casi ver la transición entre la piel de él y la de ella. Sefu apuntó y esperó.

Y cuando se separaron, disparó.
Inaya ahogó un grito y la sangre le salpicó la túnica de lino. El tiro había dado en el blanco.

Harakhty abrió la boca, pero el único sonido que pudo articular era el de su garganta burbujeando. De la flecha ensartada en su cuello manó sangre en oleadas, antes de que el muchacho cayera al suelo, convulsionando todo su joven cuerpo, hasta que se quedó inmóvil. Inaya miró hacia arriba y vio a su hermano, vivo, con el arco todavía listo.
Sefu bajó cojeando hasta el altar.
—¿Estás bien? ¡¿Te ha hecho algo?!
Inaya tardó un momento en responder, confusa, como acabada de salir de un sueño. Luego negó con la cabeza, y se remangó las mangas de la túnica empapada en sangre mientras bajaba de la plataforma dorada.
El chico se acercó al cadáver del aprendiz, en una grotesca posición sobre el suelo encharcado. Su piel pálida brillaba en aquel lecho carmesí. Se le encogió el corazón: seguía siendo hermoso.
Sefu respiró profundamente, y le inundó el olor a óxido de la sangre humana… y algo más. Una podredumbre dulce. Miró a su alrededor para ver la escena en la que no había reparado aún. Las plataformas eran los platos de la balanza que sujetaba Anubis. La balanza del juicio, la de la vida y la muerte, la de la pluma y el corazón del difunto.
Y en el otro plato había algo. Una figura humana tendida, ricamente ornamentada. Ataviada con el tocado de sacerdotisa sobre la piel hinchada y grisácea de un cadáver de varios días. Tendida boca arriba, con las palmas hacia el cielo y las muñecas descubiertas, donde brillaba el símbolo familiar.

—¿Qué…
Pero no llegó a terminar la pregunta. Un dolor agudo le hizo doblarse sobre sí mismo, incapaz de respirar. Las piernas le fallaron, y antes de tocar el suelo ya estaba muerto, con un diminuto puñal clavado en su espalda, entre dos costillas, atravesándole el pulmón.
La niña esperó unos segundos mirando impasible el cuerpo del muchacho. Luego miró a Harakhty.
—Oh, Harak’. Nadie puede decir que no me serviste bien.

Pasó por encima de los dos jóvenes cuerpos, cogió el tocado de la cabeza en descomposición y lo limpió con su túnica. Mirando a su reflejo en el pulido azabache de las piernas de Anubis, lo colocó sobre su cabeza. Vio en la superficie negra brillar su nueva piel, sus ojos negros y sus labios jóvenes. Vio el reflejo de su putrefacto antiguo cuerpo. Vio brillar la Amenta, el símbolo del Reino de los Muertos, grabado con fuego del inframundo en sus muñecas… y sonrió.

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