Avoxitimia

El pensamiento simbólico siempre se me ha dado bien. Muy bien, incluso. Los que creían que debía seguir escribiendo poesía (la mitad más uno) lo único que podían ver es que mi construcción parece sólida, mis imágenes parecen nítidas, mis abismos parecen profundos y mis alturas parecen… altiplanicies. El “qué”, salvando la protocolaria falta de concreción, se esculpe y se escupe con cierta gracia, y hasta maestría.

Pero no me preguntéis “por qué”. Un “por qué” es una cuchillada tibia.

(Y por la maldita providencia, no me pidáis que recite en alto frente a toda la clase).

 

El resto del mundo no se ha quedado corto con los símiles. A la ausencia reiterada, terca e incomprensible de “porqués” sonoros tête-à-tête se le ha llamado (no necesariamente en este orden): muro de hielo, capas de cebolla, fortaleza emocional, borderío de m*****… y, como término superviviente y que vamos a tomar como canon, avoxitimia. Todas remiten a lo mismo: a la grieta, al descuido, a la palabra dicha a medias. Todo está escrito en clave para que los soviéticos o los neptunianos no lo lean. ¿Os gustan los juegos de palabras? ¿Los acertijos, jugar a los detectives? A mí hace mucho que tampoco. Hay demasiada gente en este mundo y demasiadas series en Netflix como para molestarse en leer trabajosamente entre líneas, una y otra vez.

Se puede simplificar. Se me puede preguntar “qué tal” y se obtendrá la misma invariable respuesta: “Bien”. No es enteramente mentira ni completamente verdad, pero hemos sacrificado los detalles al dios pragmático del small talk. De la misma manera que ante un “qué te ocurre”, el lastre simétrico en los tobillos, la hipersommia, la hipoactividad y la sensación de vacío se aproxima a “Nada.”. Hay cosas que se han ganado a pulso estar perdidas en la traducción.

Cualquier conversación de esta calaña (es decir: amable, cálida y con genuina empatía y ánimo de ayudar), llevan explícito o implícito un “por qué”. Un gesto de extrañeza que se sacude como buenamente puede, un pie que intenta olvidar sobre qué hielo quebradizo está pisando. Una demanda no menos dulce por tajante: “TÚ. Dime. Cuéntame, llámame, escríbeme. Necesito saber los detalles, necesito creer que puedo entender. Haz todo eso porque creo que debería hacer algo y no tengo ni idea de qué.”

Ante un “por qué”, no tengo respuesta que satisfaga a nadie.

 

(sigh)

 

En mis largas horas de diálogo con las sombras chinescas sobre la almohada, lo hemos intentado.

Intentado escarbar y transformar en sonido (en palabra, en llanto, en gritos a los viandantes) lo que dios quiera que nos esté criando hidras dentro. Siempre hay un “porqué”, me han dicho hoy mismo.

 

Tal vez no hemos buscado bien, porque lo único que he encontrado encontrado es el terror a que no exista una salida digna y el centro motor de esta larguísima saga no sea más que vacío plano y autodesctrucción velada.

 

 

 

 

 

Valga la presente como ejemplo de no decir realmente nada.

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