Ayn Rand y el cascarón de huevo [Saboteando la MIR, día 142]

Me atormenta pensar en qué clase de lugar puedo acabar. Y bajo la sombra de quién.

Los hemos visto, hemos oído cien veces sus respectivas Epopeyas, conocemos bien sus nombres, y no los decimos en voz alta ni siquiera aquí – en el mismo margen de la inexistencia.

“Se jubila. Ya-sabes-quién”.

¿Cómo se crearon? ¿Fueron humanos alguna vez? Un ego tan descomunal, no puede sino encajarse en la pelvis materna. Debió de empezar siendo ridículo, como un grano de arroz. El cómo llegó a ser lo que conocemos hoy, tan por encima de la ley y moral humanas… bueno, es difícil separar la realidad de la leyenda.

A mí ya no me sorprende, en realidad.

Hablando con Artie de esto y de aquello, me di cuenta de que de pequeña nunca aprendí el concepto de “cascarón de huevo” (dígase, en un juego infantil, personas que por su edad, inexperiencia o cualquier otro factor, se consideran exentos de castigo o penalización). Ni siquiera me entró muy bien en la cabeza la primera vez que lo escuché. Si juegas, juegas, y no hay motivo humano ni divino que te libre de llevarla, perder o hasta morir. Vaya monstruo. No se me ha educado para sentir más amor por el prójimo que el estándar (ya sabes: “sé buena, pero no demasiado”, “todos los mártires están muertos”, “el mundo es un tanque de tiburones martillo”). Sonaba todo bastante lógico.

Nos dijeron que el altruismo remunerado nos sentaría bien, y nos lo quisimos creer [¿culpa nuestra?]. Pero quién nos asegura que no tengamos al Abbadon durmiendo dentro, manteniéndose vivo y al margen, esperando a que nos hagamos lo bastante imprescindibles para poder salir con los ojos y las uñas en plena ebullición… sin represalias.

Llamadme paranoica, pero creo que alguien ya tenía algún tipo de retorcida esperanza en mí. En que me convirtiera en algo grande, algo… superviviente.

Dios, me muero del asco.

¡Los comentarios son bienvenidos!