Billete de Ida y Vuelta

“Nunca escribes cuando estás contenta. Lo mismo es eso”.

Sí, lo mismo es eso.

En momentos así, me gustaría saber lo mínimo que se despacha en fotografía, para que vieráis de primer ojo el sol a través de mi de su balcón. El mismo visillo rosa palo. Los mismos muebles salmón, las mismas paredes blancas. Los mismos libros, leídos y releídos. Me gustaban los domingos a mediodía, con las persianas hasta arriba, para que la luz me despertara. Aquí nunca cambia nada.

Querría, de verdad, saber hacer una foto decente a través del cristal y los barrotes de forja. Las palmeras chatas. La ropa colgada de lado a lado en los patios de vecinos. Las fachadas encaladas, con niveles pardos que señalan con dedo acusador a quien no pagó la derrama. Esa es su historia: un bostezo blanco, cándido, casi sorprendido, casi atemporal.

Aquí nunca cambia nada, pero cambia. Lento como la deriva de los continentes. “Antes todo esto era campo” dice siempre un señor jubilado con gorra sentado en su banco de siempre. Sí, puede ser. Tal vez esto era sólo hierba verde y tierra parda pero yo ya no lo recuerdo. El mundo puede estar acabándose hoy, puede estar reducido a escombros en este mismo instante, y lo único premonitorio que llega es viento, viento caliente cargado de ceniza. Cuando yo ya no tenga motivos para volver, borrará mis huellas y seguirá abandonada a la inercia.

La guitarra de papá ya está cogiendo polvo. Me la subo a las rodillas, y mi mano izquierda no sabe ni por dónde empezar.

Nunca escribes cuando estás contenta, y cuando lo intentas, se te derrama otra parte del alma.

vejer de la frontera 2007
* Foto de 2007, para jugar a buscar las diferencias.
Pista: hay una grúa de más, y una pared blanca de menos.

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