Cosmópolis

Hay algo
in-ins-ta-gra-me-a-ble
en el callejón de los huesos rotos
que me espera al llegar a casa.

Tal vez

las esquirlas de cristal y cerveza
floreciendo de madrugada.

Puede que

el viento inmaterial
como el aliento de carterista
haciendo acupuntura
en las esquinas de tu espalda.

O quizás

el chico sin rostro de la mandolina
y la niña del bandoneón fantasma,
coincidiendo sus miradas descarnadas
reinventando el concepto de labio
donde cualquiera podrá verles
y NADIE dirá nada.

Madrid.

Tu historia se repite fractalmente
noche sí
noche no.

En cada escondrijo sin techo
alguien exige serotonina
con media sonrisa
media punta de navaja
un gracias
y por favor.

Donde no se conoce
la luz artificial,
el mármol sucio, el humo,
el ruido de flora y fauna.
Donde paran los coches a los que no debes subirte
y tal vez lo hagas.

Lo encontrarás
quieras o no.
Por aquí.
No muy lejos.

No lo anuncian en los folletos
pero
hay rincones de esta ciudad
donde sólo queda cantar entre dientes
para no salir corriendo.

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