Cristina Pedroche, etiqueta sexual, show business y uvas sin pelar

No me gusta hacer críticas señalando con un índice inquisidor, así que no lo voy a hacer. El poner un nombre propio es para situarnos, pero en absoluto es un insulto a ninguna persona concreta. Dejo la lapidación para quien esté libre de pecado nadie.

 

Un año más me entero del revuelo del vestido de Nochevieja. Dos días después y a través de terceros, porque a un nivel personal muy profundo, lo que enseña o deja de enseñar me trae bastante al fresco. ¿Por qué hablar entonces? Porque cuando algo se sigue discutiendo 3 días después de que haya ocurrido, debe de ser importante… ¿o no?

Es en sí mismo un buen motivo para pararnos en ello: todo el mundo lo comenta. Hasta quien “no le gusta hablar de estas cosas” tiene una opinión bien formada del asunto. ¡Imagínese! ¿Cuántas veces en 2016 alguien habrá intentado poner de manifiesto el trato desigual y vejatorio del showbiz a mujeres anónimas y no tan anónimas?¿Y cuántas Nocheviejas de chicas sonrientes haciendo poco más que lucir palmito (pero hasta cierto recatado punto) nos hemos tragado hasta el día de hoy? “Haberte dedicado a otra cosa, bonita. Las cosas aquí funcionan de esta manera”. Por eso me fascina tanto este caso: hemos encontrado el punto de no retorno. El límite en cm2 de piel que es necesario exponer para pasar de “profesional de la imagen vestida según los cánones” a “otra cosa”. Y todo el mundo afila las hachas dialécticas para defender su idea de “otra cosa”.

 

Donde me muevo, las opiniones son mayoritariamente de dos vertientes:

Corriente A: esta mujer es adulta. Es dueña de su cuerpo y libre de tomar sus decisiones. Nadie la obliga. Si quiere enseñar más que menos, no hay nada perverso ni intrínsecamente malo en ello. La televisión y los mass media en general son frívolos y dan una importancia abismal a la imagen, pero eso no es nuevo, ni es exclusivo para la mujer. Un modelo en bóxers marcando abdominales en un anuncio de colonia también es una imagen hipersexualizada y nadie se lleva las manos a la cabeza. Aquellos que critican su decisión de ir vestida como le dé la gana según sus propias ideas y valores, están coartando su libertad y son opresores sin paliativos. El doble rasero con el que se mide el cuerpo femenino, limitando su expresión a dos o tres contextos (artístico o de protesta) que son “adecuados”, relega cualquier otra exposición libre como “rastrera” y “vendida”, desde el cristal de su propia mojigatería o sexofobia cerril. Si aceptamos que una mujer corriente es dueña de su sexualidad y no tiene que dar explicaciones por ella, tanto menos alguien que se dedica al negocio de la imagen.

 

Corriente B: no se trata tanto de lo que se enseña sino en el contexto en el que se hace. Es perfectamente consciente de que está en un medio de masas y que la expectación que genera hace ganar millones a una cadena de televisión y a toda una cascada de medios que hacen eco después. Perpetúa la idea de mujer=objeto que tantísimo daño hace, y no ayuda a que mujeres con talento y preparación lleguen a donde está sin necesitar valerse de su cuerpo, como ocurre con sus compañeros masculinos que tan tapaditos van. Dice hacerlo porque quiere, sin que nadie le obligue, pero está siendo coaccionada directa e indirectamente: el cuerpo femenino vende, y si no vendiera no estaría allí. Muchas mujeres han luchado duro para permitir que otras puedan ser figuras de relevancia pública. Cuando se llega arriba, se tiene una responsabilidad que cumplir. Y en este caso, no se puede justificar su desacato por desconocimiento o incultura.

 

Soy de las que piensan que si alguien lo tiene muy claro, diáfano y “de cajón”, o ha sido iluminado por la Providencia o no ha escarbado lo suficiente. Y de verdad que me gustaría haber sido tocada por la Gracia y tener más respuestas que preguntas, o más preguntas que relaciones y comparaciones peregrinas.

No ha mucho que saltó en mi muro de Facebook el discurso de Madonna recibiendo el premio a Mujer del Año en los Billboard Awards. Muchas personas compartieron y comentaron. Nadie pareció reparar en lo que más me llamó la atención con mucho: la cita a Camille Paglia diciendo que había hecho retroceder a las mujeres a través de objetivizarse sexualmente a sí misma. La respuesta ‘Oh, if you’re a feminist, you don’t have sexuality, you deny it. Fuck it. I’m a different kind of feminist. I’m a bad feminist.’ me dejó pensando bastante tiempo.

Pensando sobre la sexualidad femenina, esa arma de doble filo. Tanto tiempo insistiendo en ella para no dejar nada en claro: es tuya, pero está en todas partes. Eres su dueña y puedes usarla… pero con cuidado, porque querrán que la uses para su propio provecho. Mejor en privado, donde nadie mira y nadie puede llegar a ti con sus retorcidas e invisibles manos. En público… digamos que es complicado, porque no sabrás dónde terminas tú (tu sagrada voluntad y conciencia) y empiezan ellos. 

Eres libre porque los has aceptado como propio. Desde que te levantas hasta que te acuestas, ya forma parte de ti. Te gustará. Te parecerá adecuado. Te sentirás bien, sexy, bonita. No es nada nuevo. A cualquiera le ocurre y todo está en su sitio.

A más ojos mirando, lo mismo pero con más aumentos. El corsé que tu tatara-tatarabuela odiaba porque le aprisionaba las costillas y no la dejaba respirar… pagarán un pastizal por buscarte una versión romántica y fetichista de ese aparato atroz de reubicar órganos. Calzarás tacones de vértigo porque tus piernas parecerán más largas, aunque haga daño. Cada centímetro de tus piernas expuestas estará tersa como la de un bebé cueste lo que cueste. Pasarás frío, tendrás hambre, pero merecerá la pena. Transparencias, brillos. Tú decides. Show must go on.

No quiero obviar que aquí claramente hay un ganador, y que quien se lucra de este circo tiene más responsabilidad de lo que muchos lapidantes están dispuestos a aceptar.

Tampoco digo que los hombres no tengan su propia versión. La tienen, y se irá haciendo más grande con el tiempo.

Pero todo este caos sólo me hace pensar que a pesar de tantos esfuerzos, la etiqueta sexual femenina sigue siendo un terreno de nadie. La línea difusa entre la liberación, la desmitificación y la autonomía; frente a la mal-llamada o bien-llamada alienación o la interiorización y normalización de ideas dañinas a nivel individual y colectivo. Creo que la mayoría tenemos dentro dos bueyes tirando en direcciones contrarias, y puede que sea legítimo.

A pesar de todo el trabajo, el cuerpo femenino sigue siendo objeto de controversia, de celosa protección o de uso-y-tiro. Seguirán llenándose los titulares sobre cómo cientos de mujeres capaces y libres deciden llevar velo y algunos menos sobre cómo miles de niñas no-deciden llevarlo. Seguiremos sonriendo, tapando y destapando según sople el viento. Seguiremos otra Nochevieja más, con la chica de turno, discutiendo largo y tendido entre nosotros sobre lo adecuado o inadecuado del vestido que lleva puesto, en voz bien alta y con las uvas aún sin pelar.

 

4 Comments

¡Los comentarios son bienvenidos!