Crónica – El Descenso

Me miré en el espejo y había despertado con los ojos grises.

No es inhabitual. El color verdiazul de mi iris, del que tan recesivamente me enorgullezco, a veces hace eso según la luz, según la dilatación de unas pupilas sin fondo.

Me había despertado con un nosequé adrenérgico, casi belladónico. Mis ojos eran dos aros grises alrededor del reflejo negro del espejo.

Para terminar de evocar a Camus, aujourd’hui elle est morte. Ou peut être hier. Je le sais trop bien.

Cómo explicar que es lo de menos. Estoy a 3 metros sobre el duelo, del silencio, del dolor desgarrador ajeno. El espacio creciente entre latido me acongoja, sí, pero ya lo he visto antes. Ya sabía a qué había venido a este mundo adulto: a mantener los latidos en ritmo y a poner una mano en el hombro cuando ya no pueda escucharlos.

 

Es lo de menos. Pero cómo se explican los colores a alguien cuya retina siempre ha sido muda.

 

A veces, tiempo atrás, hubiera dicho que estaba muerta y que lo único que hacía era arrastrar mi cadáver aún caliente, aún funcional, aún maquinalmente útil. Día sí, día no, hay una idea que me ronda como mis miodesopsias de miope: si no las miras fijamente, no las ves. Se puede espantar con facilidad y seguir. Seguir. Seguir. Hay ideas más grandes, más importantes, más urgentes que me ocupan cada circunvolución. Seguir hacia delante.

 

Me desperté con los ojos grises y la idea estaba ahí. Sonreí. Escribí. Hablé sin que me temblara la voz ni siquiera un poco. Me tomé un café templado, creo.

La idea no se había ido y encima de mí llovía y llovía con (por qué no decirlo) un alivio y una determinación monstruosas.

 

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