Crónicas Eslavas – San Petersburgo (1)

Ya que mucha gente (= cuatro personas) me ha preguntado por mi viaje a Rusia, va siendo hora de desencriptar y ordenar las notas del cuaderno de bitácora.

Санкт-Петербург. Hice los deberes mucho antes de salir: aprender el alfabeto en cirílico, a decir “hola”, “adiós”, “gracias”, “por favor”, “salida” y los números del uno al cien. No es que sirviera de mucho, pero al menos me quitó de la cabeza la romántica idea de aprender ruso como dios manda en algún momento de mi vida.

Dos vuelos, cinco horas hasta San Petersburgo más dos de diferencia. A las seis de la madrugada el aeropuerto estaba casi desierto. Tan sólo estábamos: una veintena de (escandalosísimos) españoles, un par de limpiadoras, la chica de la cafetería, los señores que sellaban el visado, la señora a la que reclamaban 3 ó 4 maletas extraviadas (elevando al cubo, los formularios a rellenar), otra jovencita que intentaba explicarnos cómo rellenar las dos copias de la tarjeta de inmigración con un simpatiquísimo inglés chapurreado (parecido al mío, sólo que con v’s más v’s), unos seis o siete guardas de seguridad, y los omnipresentes arcos de detección de metales. Esperaba más frío y no hacía lo suficiente.

Nuestro hotel estaba en la avenida Nevsky (“del río Neva”), en prácticamente el centro de la ciudad. Viajando como tercera maleta de mano de mis padres (no tengo dinero para viajar por mi cuenta ni esperanza de tenerlo en un buen puñado de años) a menudo todo es más comodón y señoritingo de lo que realmente necesito/me gustaría. No por ser como mi madre, que ni la mafia rusa (ésa que según mi padre se esconde bajo las tapas de alcantarilla esperando encontrarse con un turista alejado de la manada para arrancarle el hígado de cuajo y venderlo en el mercado negro) ha conseguido persuadirla de dar sus pateos mapa en mano, de iglesia en iglesia y de plaza en plaza y tiro porque me toca. Yo soy vaga hasta para eso. Sólo que…

El recorrido del rebaño turístico te da una visión tan completa de la fachada de cartón piedra como en cualquier otra ciudad. En las grandes avenidas todo está limpio, todo el mundo va impecablemente vestido, los vendedores ambulantes se arremolinan a tu alrededor y te sonríen casi más que sus matrioskas made in China. Sí, como siempre. Y sin embargo, hay algo que no cuadra…

 

San Petersburgo Rusia. Saint Petersburg Russia. Rain. Санкт-Петербург

Los cables.

Me llevó un buen, buen rato darme cuenta de qué era lo que les incomodaba tanto a mis ojos tan occidentalmente malacostumbrados. La ciudad es una joya de planificación y pompa: cada maldito adoquín destila un encanto zarista que cae a borbotones en sus canales. Pero levantas la vista y ahí están, los cables de la luz, del teléfono, en el aire, cruzando las avenidas, conectando una fachada con la siguiente, de una orilla a otra. Haciendo zigzag se escapan de las avenidas, se cuelan por las callejuelas, lugares donde a ninguna extranjerilla prudente le conviene aventurarse.

Sin ellos de por medio, probablemente sería una de las ciudades más hermosas y señoriales que haya visto nunca, algo así como una segunda Viena arañando el círculo polar. Las tiendas de moda extranjera se reproducen por esporas, los McDonald’s y Burger King’s anidan bajo carteles impronunciables, el aire tiene ese olor a Europa, meloso y embaucador. ¡Y casi me engaña! Si no llega a ser por ellos, un vestigio tan escandalosamente visible, testigos filiformes de una historia mucho más agria que dulce de principio a fin, y que yo no conozco lo suficiente. Forman una maraña a seis metros del suelo, ahogando los espacios que al mismo tiempo sostienen: cada catedral, cada iglesia, cada palacio… está exquisitamente engarzado y brilla como joyas reales en los corsés de las hijas del zar; mientras que en los pliegues, menos alegremente iluminados, viene escrito lo que ha sido y lo que (definitivamente más macabro) empieza a ser.

Es Leningrado, que no te deja escapar.

Esto se está alargando más de lo que pensaba y apenas he dicho nada. Continúo pues otro día.

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