Crónicas de Interraíl – Berlín

No sé qué esperaba de Berlín, pero Berlín esperaba que se me congelase la sangre en las venas nada más bajar del avión.

Pillamos una habitación en Moabit, en el piso sin reformar de un chico que nos dejó las llaves con una sonrisa y no volvió a pasar por allí. Una cama grande, dos estanterías de Ikea y una ventana que las gruesas cortinas no llegan a tapar del todo. Podría haber pasado el resto de mi existencia hibernando allí dentro, pero el viaje es largo y los días cortos aquí.

Afuera hace frío y está permanentemente nublado.  Creo que almorzamos en uno de los miles de locales turcos que nos encontramos por el camino, uno tranquilo con ventanales grandes. En cada esquina hay comida étnica y bicicletas antiguas, edificios reconstruidos y mucho hormigón graffiteado. En día y medio, apenas si da tiempo a patear mucho y acabar haciéndote amigo del mapa de los U y S-Bahn, como buenos guiris.

 

Nos bajamos en Alexanderplatz, y sólo puedo recordar las esculturas y monumentos contemporáneos salpicados y encerrados en un cerco de comercios mogollónicos.

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Esta fuente sin agua me puso triste por alguna razón.

 

Camino de la Isla de los Museos nos topamos con la estatua a Marx y Engels que hablan a través de un enlace QR. En serio. Creo que paramos allí casi más tiempo que en la catedral.

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En el Altes Museum un señor muy simpático no nos quiso dejar entrar con la mochila y otro señor muy simpático no nos quiso coger la mochila en consigna. De modo que en la misma puerta quedó el 80% de la cultura pre-medieval del viaje.

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Al menos tiene una amazona en la puerta.

Menos mal que el busto de Nefertiti, con cuello de haber usado Channel nº5 durante milenios y cara de estar completamente fuera de lugar, salvó el día en el Neues Museum.

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Foto por cortesía de Wikipedia.

Pasando junto al Bundestag había demasiado movimiento de gente y demasiado Polizei de servicio.

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Unos señores con máscaras de Annonymus nos intentaron explicar de qué iba, pero no nos quedó claro qué porras hacían ellos allí. Lo que es seguro es que a un lado de la puerta de Brandenburgo, un frente fascista y otro anti-fascista (a juzgar por las banderas y lo que logramos pillar de las consignas) estaban a punto de darse de hostias a pesar del hilo de antidisturbios que los separaba.

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Nos quedamos un rato, pero no esperamos a que cargaran. Y creo que no podría haberme llevado una impresión más acertada de lo que se cuece allí. El trozo de Muro gris que aún se mantiene en pie parece un fósil triste en comparación.

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Es el spray sobre el cemento el que apunta y dispara.

 

Acabamos el día en Tiergarten, y Tiergarten estaba muerto. Un remolino de caminos forrados de ramas desnudas y cisnes hambrientos que salen del agua al caer el sol para atracar a paseantes extranjeros y robarles todo el pienso que lleven encima. Al sur hay un embarcadero, y un café con candelabros encendidos, una estufa en cada rincón, una tetera encima de la mesa…

 

No sé qué esperaba Berlín de mí, pero al menos me dejó marchar con vida.

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