Crónicas de Interraíl – París

Antes de llegar, dos veces había pisado París y dos veces me había sucio y gris. Pero ninguna historia es mala si empieza con un Cadavre exquis sobre patos dentro de un TGV. Aunque se deje en elipsis.

Arrastramos la maleta Plaza de la República arriba, Plaza de la República abajo. Hay flores y carteles a mano por todas arremolinándose a los pies de Marianne y turistas como nosotros haciendo fotos a no-se-sabe-bien-qué.

Plaza de la República. Place de la Republique. París

Nos marchamos como gusanos bajo tierra hasta el Quartier 20 donde nos espera una pareja encantadora en un dúplex con jardín que habla castellano casi mejor que yo.

Montmartre está como lo recordaba. De día bulle de turistas, garabateos de carboncillo en las esquinas y música de acordeón con más o menos tino. Pero al caer la noche, Sacre Coeur brilla sobre el cielo oscuro con un resplandor verdoso extra terrenal.

 

De camino al barrio de Clichy nos encontramos con todo tipo de flora y fauna que van vomitando los clubs y sex shops a ambos lados de la avenida. El Moulin Rouge sigue girando y girando, sin viento ni agua que lo mueva. Ni nos planteamos poner un pie dentro. Los carteles Art Decó de las paradas de metro son las piedrecitas del camino a casa, pero nos tenemos que parar para sentarnos en la plaza de la Ópera, a la sombra desierta del Palacio Garnier, para atisbar entre las cortinas las lámparas de araña.

 

Amanece nublado sobre el cementerio de Père Lachaise.

Nos desesperamos buscando las tumbas reconocidas y reconocibles – a Edith Piaf, a Wilde y su esfinge llena de besos, a Victor Noir y su abrillantada entrepierna, a Chopin y su alegoría de flores, al nauseabundo mausoleo de pulseras usadas y chicles mascados de Jim Morrison.

Cuando nos cansamos, sólo paseamos en silencio haciendo comentarios negros como el tizón sobre las criptas de imitación gótica, el mármol, el mármol, más mármol y las hojas secas. El final del camino son setos y flores que no han sido arrancadas. Antes de salir por la puerta trasera, ya ha salido el sol.

 

Desde el Arco del Triunfo hasta la Plaza de la Concordia hay una cantidad inusual de coches de policía. Me registran el bolso al entrar en la tienda Disney de los (a mi parecer, muy mal llamados) Campos Elíseos y se me llena la cabeza de ideas peregrinas sobre la historia occidental que desaparecen de un plumazo con dos crèpes de nutella para almorzar no lejos de la Madeleine. Este es mi viaje y estas son mis reglas.

En las Tullerías, en marzo, sólo nos queda saludar a los patos y hematocriticar las estatuas dándoles un renovado y más interesante contexto histórico cultural.

“¿Quieres hacer una visita exprés al Louvre para hacer la foto de rigor?”

Museo del Louvre. Musée du Louvre, Louvre Museum. París

No. Hay demasiado que hacer. Preferimos entrar en el Pompidou, una suerte de parque infantil lleno de color, plataformas y tuberías para mayores de 35.

Vamos caminando a la Île-de la-cité y cruzamos el Sena para darnos de bruces con Notre Dame. La recordaba más grande, más alta, más amenazadora. Las gárgolas de los costados están desdentadas como adorables abuelos de piedra apoyados en un soportal mientras terminan las obras. No quiero entrar. Quiero dar la vuelta y verla, de lejos, al atardecer contra el cielo rosa.

20160318_191016
Notre Dame

Se hace tarde, y no hemos pasado a ver lo que el señor Eiffel nos dejó en herencia sólo para que un señor intente vendernos una botella de champán y un selfie. Nos sentamos en un banco a reírnos durante un buen rato. A las nueve en punto, las luces engarzadas en el armazón de acero comienzan a parpadear…

Eiffel Tower, Torre Eiffel. París

 

(Mañana madrugamos para salir de. Parada técnica en Lyon y, muy despacio, el paisaje pasando al otro lado de la ventanilla, de vuelta a Madrid.

 Algo así como “fin”).

¡Los comentarios son bienvenidos!