Crónicas de Interraíl – Praga

“Prague never lets you go… this dear little mother has sharp claws”

F.K.

 

Recuerdo pisar Praga por primera vez, años ha. Recuerdo prometerme a mí misma que algún día no muy lejano aprendería lo suficiente de endiablado checo y viviría un invierno entero en un desván con vistas al Moldava gris. Tecleando furiosamente, quizás.

No se puede decir que haya avanzado mucho desde entonces.

Pero imagina salir criogenizada de Berlín en un tren destartalado con tal vez cuatro décadas de rodaje, compartimentos estancos con sillones tapizados y cortinas rojas en las ventanas. Imagina aterrizar al atardecer otra vez en la plaza del casco antiguo. Hay feria y la gente bulle en manantiales desde las callejuelas y los arcos y los portales.

Recordaba el reloj astronómico más borroso. Recordaba una veintena de personas esperando frente a él. El desfile de los santos lento como una agonía. Un puñado de pecados capitales niegan, la Danza Macabra de las cervicales de la Muerte susurra “te lo tienes merecido” con una sonrisa de oreja a oreja.

Astronomic clock prague, praha

(Para quienes no conozcan este prodigio de ingeniería medieval, déjense ilustrar por YouTube).

Tenías en algún lugar de la amígdala cerebral una punzada muy precisa del viejo cementerio judío. El caos de lápidas a medio derruir y de huesos hacinados bajo el musgo te puso la piel de gallina. Pensaste que si en el Juicio Final se levantaran todos a la vez, podrían confundir la tibia de uno con el húmero de otro a nivel exponencial.

Jew Cemetery Prague, praha

Esa reflexión escatológica te mantuvo despierta un par de noches. Qué adorable. Ahora, que eres adulta, sabes que los huesos no crecen por más que se empeñe en regarlos el cielo gris de Praga.

Y es que apenas llueve pero las nubes navegan toda la ciudad sólo para ser arañadas por las fachadas bajas y las torres altas. Sólo para beber de un vaho invisible cuando cae el sol sobre el puente de Carlos y todas las estatuas aprovechan para rascarse la nariz sin que nadie se dé cuenta.

Porque has crecido demasiado y puedes separarte del grupo para buscar un camino propio. En el Museo de Mucha, entre el desfile de figuras femeninas Art Nouveau y sus hombros dolorosamente suaves, encontraste a esta mujer sin más atributos que una extraña paz en su cara mientras se entrega a su destino bajo el cielo estrellado en Siberia. Y tuviste a bien acogerla como una señal.

 Alphons Mucha Museum Praga, Prague praha

Woman in the wilderness – Alfons Mucha

Fuera del Museo de Kafka, a Franzie hay que buscarlo con lupa.

Franz Kafka Monument Prague, Praha

Pero estar, está. Y envía saludos.

Y jamás de los jamases te hubieras esperado un Museo de Alquimia callejeando sólo un poco más allá del Staré Město. Una reconstrucción de los sótanos con matraces (alguno de ellos originales, rescatado del barro y del polvo de centurias), hornos, estanterías y dramatización de hierbas secándose, se abre tras la estantería al mover la estatua del dragón.

 

Te duele dejar Praga de nuevo con las mismas promesas, sólo cambiando la fecha de caducidad.

Tal vez estés un poco más cerca del diciembre sabático en el que volverás sólo para morir de frío con una media sonrisa. Al menos has aprendido a dar las gracias en checo… no puede ser un mal comienzo.

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