Crónicas Eslavas – Moscú (1)

De San Petersburgo a Moscú hay poco menos de 700 kilómetros. Y viajamos de noche, en esto:

Tren San petersburgo Moscú Rusia.

I FUCKING LOVE TRAINS. En un camarote de un puñado de metros cuadrados, con dos literas, lo de dormir es un decir para todos menos para mí. A esas latitudes anochece a medianoche, una noche clara, sucia y emborronada que se cuela por la ventanilla y acaba antes de las tres de la madrugada, lo suficiente para mantenerlos a casi todos despiertos, mirando el desfile de abedules durante horas. No es ya que yo pueda dormir en sitios inverosímiles con estímulos sensoriales por encima del umbral en que una persona normal pasa de sueño a vigilia sí o sí. Es que el chucu-chucu-chucu y el traqueteo rítmico es lo más parecido a ser acunada por toneladas de acero a medio desvencijar. Cuando desperté ya casi habíamos llegado.

Moscú Kremlin Moscú Rusia. Moscow Russia. Москва́es lo más parecido a un panal concéntrico. La celda de la abeja reina (mimada y custodiada con la pulcritud y disciplina al uso), cercada por la muralla del Kremlin, lo domina absolutamente todo: el resto de la ciudad baila y trabaja en corros a sus pies.

Sobre tierra, avenidas tan grandes que pierdes la cuenta de sus carriles (interconectadas con ridículos carriles de incorporación, lo que explicaría en buena parte el caótico y exasperante tráfico), hasta 6 círculos expandiéndose como ondas en un estanque atestado de amebas. Bajo tierra (MUY bajo tierra, o esa es la impresión), el metro de Moscú ruge y truena puntual como un reloj suizo. Los anticuados vagones engullen y regurgitan miles de seres humanos cada hora, en una docena de líneas, tal vez cientos de estaciones, algunas de ellas decoradas con una elegancia palatina que parece fuera de lugar.

Admirablemente ambigua. No sé si es que me la esperaba más gris, más cuadrangular (un almacén de cajas de zapatos), incluso la ínfima parte de la ciudad que se malcría para enseñar en los folletos. Las calles del centro bullían con brillo estival (hasta cuando empezaba a llover y el termómetro bajaba a 12º C en cuestión de minutos) y el enjambre de almas que las llenaban parecía agradecerlo sinceramente. Un día de sol es un día de fiesta. Tal vez fuera eso. Los cables por fuera del suelo (que tanto me molestaban en San Petersburgo), si los había, no reparé en ellos. Debían de armonizar con el paisaje.

No sé qué hay más allá. O antes. Los rascacielos de la época de Stalin parecen impresionantes y amenazantes en igual medida. Inmigrantes ilegales de repúblicas ex-soviéticas se agolpan a los lados de las autopistas, esperando que alguien se baje y les ofrezca un trabajo. Guardias de cera viviente vigilan desde puntos estratégicos, y el resultado es orden y calma artificial, agradables pero no del todo tranquilizadores.

Papá pisó la Plaza Roja y dijo “Si estas piedras pudiesen hablar…”. Gritarían de dolor o permanecerían en respetuoso silencio. No lo sé.

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