Crónicas Eslavas – San Petersburgo (2)

Aunque fui con unas expectativas muy altas y volví un tanto decepcionada, no le hago en absoluto justicia si lo dejo así. Es una ciudad digna de visitar, y me de ella me traigo un buen puñado de cosas para recordar.

Los “cisnes” esperando a ambos lados de la escena, sincronizadamente estáticos en una postura imposible, en el Teatro Alexandrinsky.

La cara de recelo de un Rasputin de cera, ante su plato de pastas con cianuro de cera, representando su muerte en el palacio de los Yusupov.

La mirada vuelta al cielo (evitando cualquier contacto visual conmigo) del San Sebastián de Régnier, en una de las abrumadoras salas del Hermitage (pero qué típico por mi parte. Me acordé NZ y el centauro y casi casi me eché a reír).

 

Y muy especialmente, todo lo referente a la Iglesia ortodoxa, tal vez porque hasta entonces de ella no sabía mucho más aparte de que existía.

Iglesia Salvador sobre la sangre derramada. San petersburgo Rusia. Saint Petersburg Russia. Санкт-Петербург

Ni había visto nunca una iglesia al “estilo ruso”, como aquí la Iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada (fotos y perspectivas revolucionarias por cortesía de ALV), con sus cúpulas como turbantes almidonados y colgados de un perchero. O como las carpas multicolores de un circo de cerámica. Por dentro, las teselas de los mosaicos ahogan cada diminuto rincón, con una notable excepción: un espacio con el adoquinado original donde la bomba de un anarquista hirió mortalmente al zar Alejandro II. El lugar donde se comenzó a construir. Sobre la sangre derramada.

 

Iglesia Nuestra señora de Kazan San petersburgo Rusia. Saint Petersburg Russia. Санкт-Петербург

Aquí arriba, Nuestra señora de Kazan. Al entrar, empapada como estoy en catolicismo romano por defecto desde que nací, lo primero que se echa en falta son los bancos. No hay asientos: todos están de pie, o de rodillas sobre el suelo de la nave, durante las dos horas que puede durar una misa ordinaria (tres o cuatro veces más larga en Pascua o Navidad). Cada poco, con una cadencia individual que no fui capaz de desentrañar, hacían una serie gestos automatizados como tics nerviosos, mitad persignación mitad amago de reverencia.

No fui la única a la que le resultó cuanto menos exótico. A los turistas es fácil reconocerlos: son los que van revoloteando, señalando, haciendo comentarios, riéndose entre dientes (puede que sus ritos nativos sean menos teatrales y yo haya estado ciega toda mi vida). Las mujeres extranjeras pueden llevar el pelo descubierto, pero una anciana con aspecto provinciano y un pañuelo gris atado bajo la barbilla me miró con gesto de desaprobación. Yo me subí la capucha, no sé muy bien si por respeto, empatía espiritual, por si alejada del grupo parezco razonablemente báltica (no sería la primera vez) o porque no considere que mi pelo tenga más o menos que esconder que el de cualquier otra.

Realmente no importa. Aun siendo una intrusa, una antropóloga de andar por casa, no puedes simplemente observar sin inmutarte. El coro, desde lo alto, cantaba a capella las preguntas (armónicas, serenas, ininteligibles para una servidora) que la voz de barítono del sacerdote contestaba. Atisbando tras una columna se intuye algo tan solemne, tan anclado en la tierra que no encuentras el final de sus raíces; y sin embargo, o quizás por ello, algo tan íntimo y cálido como una familia sentada alrededor del fuego. Desde el iconostasio (la barrera física entre el mundo terrenal y el espacio místico del altar, vedado a todos los mortales salvo el sacerdote), Cristo, los apóstoles, los santos… todos miran hacia abajo, se dirigen en una estricta jerarquía a su rebaño congregado, abren sus rígidos brazos y los confortan como padres amantes pero autoritarios.  A mí… a mí me perforan con sus ojos hieráticos. Saben que no tengo derecho a estar allí, que solo estoy de paso, que son las diez y doce minutos y el autobús nos está esperando.

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