Crónicas Post-Otomanas: Costa del Egeo

Aún queda camino, y empiezo a necesitar un mapa. Creo (creo) que estamos cerrando un óvalo por debajo, de este a oeste.

El autobús hace una parada en Konya para dejarnos en el monasterio donde están enterrados los fundadores de la Orden Sufí de los derviches (turbantes sobre los montículos sobre las criptas sobre los cuerpos). Los maniquíes ambientando las celdas de los monjes, dando vueltas en los tapetes de entrenamiento con sus vestidos almidonados, rezando rosarios o escribiendo en libros de caligrafía me ponen los pelos de punta.

Hay que seguir antes de que se haga tarde. Llegamos a Pamukkale, y subimos a las terrazas de caliza blanca como un invierno finés desubicado.Pamukkale Turquía Turkey Cross The Void travel viaje terrazas costa del egeoHasta la hora de turistas asiáticos bajan la cámara para descalzarse y caminar sobre la piedra y ensuciar el agua templada. Algo dentro grita “Cuidado niña, cuidado. Saldrás de aquí con la crisma rota si no vigilas por dónde pisas”, pero lo voy llevando bien a pesar de mi nula coordinación y las aristas del suelo se me clavan como a cualquier otro faquir por necesidad. Las convierto en arcilla. Es de lo más jodidamente hermoso que he visto aquí, el sol bajando tras una edad de hielo de imitación… podría pasar la noche al raso sobre uno de estos diques secos en lugar de deshacer la maleta en otra habitación extraña.

(Los mosquitos me devoran viva por las noches con más exotismo del habitual).

Y es que nos acercamos al mar, puedo olerlo a cien kilómetros de distancia. En Afrodisias los gatos son inmunes al agua embotellada y a la advertencia muda de la Medusa tallada en los sarcófagos sobre los que retozan. En Éfeso se amontonan las piedras aún sin catalogar y Artemisa sonríe desde una foto en su buen perfil (los treinta pechos más favorecedores). La fachada de la biblioteca de Celso sigue en pie sin que le haya sobrevivido un solo libro.

Éfeso Turquía Ruinas biblioteca. Ephesus Turkey Library ruins. Viaje costa del egeoCasi la prefiero así, sin nada legible dentro que haga acto de presencia para ponerme de los nervios. Aunque suene cruel.

No sé donde está el norte ni dónde está el sur, pero empieza a importarme muy poco. Al doblar una curva allí está el Ege denizi, como un tigre de bengala azul agazapado entre los resorts que lo intentan estrangular. Siento pena por él porque ya conozco esa imagen, pero está demasiado lejos para tocarlo, de noche está igual de oscuro que el mediterráneo que conozco, y todos dan demasiado miedo para poner un pie dentro.

(Es una excusa a medias, supongo, estoy demasiado cansada. Quiero dormir con la ventana abierta, pero en la terraza del piano-bar una mujer está cantando “La vie en rose” y se me ha olvidado cuánto tiempo llevo aquí.

Me voy. Mañana Izmir es solo la envuelta del camino hacia el aeropuerto. Me voy a casa, y me estoy dejando algo por el camino).

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