Crónicas Post-Otomanas: Estambul (1)

Llegamos nada más ponerse el sol, y los chicos del servicio del hotel ya estaban cenando en el comedor desierto. Uno se levantó a atendernos, pero no hablaba inglés y fue a buscar a otro que estaba en la puerta fumando.

Ahí comenzó nuestro Ramadán empático. Más bien el mío.

Empatía, empatía. Con los ojos entrecerrados aún, reptando sobre las interminables alfombras y atravesando las dos puertas del harén en el palacio de Beylerbeyi (hacia dentro… y hacia afuera).

No, no, algo más que empatía. Antes de entrar en la Mezquita Nueva, alguien me hizo descalzarme y cubrirme el pelo por decoro, y no me importó.

Mezquita Azul Estambul Turquía. Blue Mosque Istanbul Turkey

Creo, creo que me gusta esta coraza traslúcida, casi voluntaria. Dentro las luces son bajas y oníricas, como si los tramoyistas hubieran querido hacer más íntima la velada bajando las lámparas. No hay nadie rezando. Solo nosotros, tomando fotos sin flash y hablando alto.

Me podría haber quedado allí el resto de la tarde, tirada en la alfombra y mirando los arabescos (que me perdonen por el vocablo) de las bóvedas, y hasta dormir en un rincón. Las mezquitas no me producen ningún resquemor ascético, y hasta que no salí al día siguiente de la Mezquita Azul (enorme, colgada del cielo de sus seis minaretes) camino a Santa Sofía, no entendí por qué.

(No hay caras. No hay ojos. Nadie más escudriña tu alma o lo que quiera que tengas detrás de la retina).

Ah, pero Santa Sofía (¡santa Sabiduría!)… no me engaña. Tiene los suelos de mármol frío, y los ojos superviventes de la inconoclasia brillando en los mosaicos. Camino despacio con el pelo al descubierto, tratando de pasar inadvertida.

Santa Sofía Estambul Turquía. Hagia Sophia Istambul Turkey.

“Donde venimos, las mezquitas se convertían en iglesias y no al revés”, alguien pensó pero no dijo.

Porque es circular, ¿sabes, NZ? Bajamos a  las antiguas cisternas de la ciudad (colonizadas por carpas alimentadas de níquel) y caminamos por las pasarelas resbaladizas entre las columnas y falsas antorchas para encontrarnos con dos cabezas de Medusa en piedra, boca abajo. Una con los ojos abiertos, otra con los ojos cerrados.  ¿Por qué sólo la de los ojos abiertos tiene monedas entre las serpientes petrificadas? ¿Es porque los turistas con sus Canon al cuello quieren que el flash salte sobre los euros, las liras, los dólares y los yenes antes de llegar a sus ojos de moho, gritando a garganta limpia “¡AQUÍ TIENES, MALDITA! HIJA DE **** ¡ ¡¿QUIÉN ES DE PIEDRA AHORA?!”.

En el mercado de las especias compré té de manzana y dulces varios, y me senté a ver la gente pasar. Todo estaba tranquilo. Muy tranquilo. Quise seguirlos a todos, hasta la misma puerta de sus casas, saltar de un lado al otro de un Bósforo demasiado azul para un cielo tan claro, y sentarme a descansar a la sombra del cartel de “Welcome to Europe” que me convierte en plomo las entrañas.

El imán llamó a la oración y las palomas volaron junto al puente del Gálata.

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