David Bowie o “Cómo fracasar como estrella de rock”

En determinadas ocasiones, una siente cierto tipo de paz espiritual al poder mantenerse alejada de las redes sociales un día o dos. Para pensar; y para dar gracias momentáneas por tener un facebook a medio abandonar, un twitter en estado de desproteccion social, un tumblr que… no tener tumblr en absoluto. Ante la avalancha de condolencias sentidas, de condolencias sin sentir, despliegue audiovisual, buenas y grandes palabras… lo que sale de dentro es unirse al festejo fúnebre, emborracharse de nostalgia y de súbita, perpleja admiración. En algún momento caerá en picado el hype emocional, y si queda algo, permanecerá intradérmico en la maquinaria, sólo para salir a flote si alguien lo recuerda.

Me veo en la obligación de presentarme a mí misma: soy una no-fan de Bowie. “No-fan” quiere decir exactamente eso. No-fan(atic). Tengo un par de discos suyos, tres a lo sumo. Tengo una lista de spotify llamada “Batiburrillo copia 3” en el que aparecen exactamente 6 canciones suyas. Si tiramos de registros paleolíticos, mi polvoriento last.fm le guarda 82 reproducciones, ni una más, ni una menos. Creo que incluso con menos pruebas demostrables ante notario se me está permitido subir un un post o dos, con enlace a youtube, un R.I.P. en negrita, y hasta con un gif a todo color (si no es muy grande). Nadie me podría tachar de oportunista o de poco auténtica… creo. No sé quién lleva eso o si hay una policía del postureo rondando por ahí con unas tablas de equivalencias.

 

En realidad, todo eso no importa. Es nuestro duelo masivo, sin más. Vamos a vivir esto una y otra vez: todos los que hemos admirado, todos los grandes, van a ir dejándonos uno a uno… con matices. El matiz SÍ es importante.

Porque, if you are reading this somewhere, le recuerdo que:

Había que innovar UNA sola vez, y dejarnos con el cuadro maravillosamente descompuesto.

Había que plastificar ese trabajo, porque es precioso e inmutable,  y no volver a tocarlo.

Había que no-arriesgar, no-replantearse, no-sacrificarse, nunca más. Sin errores y sin intentos.

Había que morir joven, trágicamente, para no estropearnos la imagen romántica e irreal que pudiéramos formarnos en nuestras cabecitas inmóviles.

Había que iluminar como una explosión de gas que no va a repetirse.

 

Y por supuesto, no debía seguir creando hasta el último minuto de su vida. No se me ocurre una forma más efectiva de fracasar estrepitosamente como estrella de rock, y de trascender como un maldito artista.

Homenaje

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