Del verbo “partir”

Me gustan los partos. Y estoy cansada de que me pongan esa cara de limón siendo absorbido por un agujero negro (SÍ, ESA CARA) cada vez que lo digo en voz alta.

Me gusta verlos y estar allí. Generar más compañía que incomodidad. Me gustaría atenderlos, pero eso va mucho más allá de mi cometido como perchero-copista-objeto decorativo.

Me gusta lo útil. El poco dolor que he visto allí huele a útil. Y a húmedo.

“¿Por qué no te dedicas a eso?”, pues porque lo que yo quiero no existe aquí. No sé desde cuando no existe. Que otros hurguen con sus guantes de vinilo y su higiene de manos aséptica en cientos de vidas latentes a la semana. Casi que prefiero quedarme en la esquina a hincarme los dientes en los labios y el pubis en el suelo pélvico con cada contracción ajena, mitad empatía mitad sincronía mística. NZ lo sabía. Sabía que debería traer criaturas al mundo como una comadrona chamana al uso; pero a lo más que podré llegar nunca será a mirar abajo cualquier día y encontrarme con mi útero en el suelo del esfuerzo de empujar con la matriz vacía. Seguramente yo muera por el shock y se lo coma el Hermano Lobo.

Ah… pero mentiría como una cosaca si dijera que todo esto viene por la idea ancestral de la maternidad y todo ese blablabla. Me gustan los partos, pero cuando mecánicamente acaban, la madre puede irse al cuerno con todo mi cariño y respeto. Yo soy ese perchero-copista-objeto decorativo que sigue hipnóticamente al pediatra tropezando con todo el aparataje, para ver como cogen al crío, le meten tubos, le sacan tubos, le dan golpecitos, lo frotan, le hacen perrerías que probablemente tengan algún propósito práctico oculto.

Y cuando la criatura aúlla rítimicamente como un gatito mojado, tiene un APGAR 10 sobre 10, todo bien, todo correcto, vámonos a rellenar papeles… entonces, el mobiliario inútil y fuera de lugar se escabulle de las sombras, le acerca al neonato un índice para que agarre y le dirige las primeras palabras directas que va a escuchar jamás.

“Bienvenido al mundo, bichito”.

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