Diálogos III

– ¿Vas a contármelo?

>> Es una historia triste.

– ¿Hay alguna que no sea triste?

Ruido de sábanas.

>> Weber daba seminarios en la Universität, era casi lo único que se sabía de él. Muchos alumnos se cogían el turno de tarde sólamente para poder escucharle a él, y otros tantos del turno de mañana acudían de oyentes sentándose en el pasillo. Da igual de lo que hablara, si disertaba sobre los detalles más nimios de Tristan und Isolde para la audiencia o si hablaba de la vida de Schiller como si fuese un amigo de la infancia; el aula siempre se llenaba. Las chicas de primeros cursos cuchicheaban en la primera fila y se asomaban por la rendija de la puerta hasta que aparecía. No es que fuera una figura imponente. Apenas un par de pulgadas más alto que yo, barba bien cuidada, pelo algo cano, traje sobrio… un profesor arquetípico como tantos. No había nada reseñable en él, salvo su VOZ. Cuando comenzaba a hablar, la sala era un sepulcro donde ni las ratas tenían voluntad de escurrirse entre los cimientos. No… no consigo recordarla bien. Sé que tenía un acento redondo, un Hessisch pulido… Hablaba durante una hora y media en la que se detenía el mundo y al salir era noche cerrada y tenía que darme prisa para alcanzar el último autobús.

Una tarde, tras acabar la introducción histórica del Vormärz, se acercó a mi asiento y me preguntó si podía ir a su despacho. No sé si le respondí, pero fui andando detrás de él por las escaleras y los pasillos apenas iluminados por tristes lámparas de gas, como una sonámbula. Abrió con llave una puerta y se sentó tras un escritorio lleno de papeles perfectamente amontonados y una pluma de plata descansando en su estuche de terciopelo. Me preguntó si quería té o café, dije que para mí no, pero que se sirviera él mismo. No se movió. Me preguntó también por mi apellido, si era inglesa. Respondí que tenía parientes ingleses por rama paterna, pero era belga de nacimiento e infancia. Pareció saciarle la curiosidad y siguió la conversación en un francés fluido casi indistinguible de un nativo. Dijo que había leído mis trabajos, y que había indagado sobre mí. Toda la sangre que mi corazón pudo bombear se colocó estratégicamente en mis mejillas.

Ruido de sábanas.

>>Habló de algunos de mis ensayos, citando frases de memoria casi como si las hubiese escrito él mismo, preguntándome por tal o cual conclusión o por las fuentes que había consultado. Yo apenas acertaba a contestar con monosílabos o frases torpes y cortas. Me distraían sus labios abriéndose y cerrándose rítmicamente sin dejar entrever sus dientes, y teniéndolo apenas a dos pies de distancia las palabras me golpeaban los tímpanos a frecuencias desconcertantes. Me preguntó si también escribía literatura, y aunque me hubiera cercenado la lengua con los incisivos antes de confesarlo, contesté que a menudo escribía poesía, pero que nadie más lo sabía. Eso pareció gustarle. Me sonrió y sentí náuseas. No sé cuanto tiempo pasé allí… salí de esa habitación con las piernas temblorosas y un papel con su dirección anotada con su pomposa letra. Había decidido que dirigiría mi tesis, y yo no me había negado.

Ruido de sábanas.

>> Seguí yendo a sus clases, incluso a las de las asignaturas que ya había aprobado con creces. Me pasaba las mañanas en la biblioteca o encerrada en mi cuarto tecleando sin parar. Aún me quedaba dinero de la beca para un par de años más. En las temporadas en las que no daba clase estaba ilocalizable, me comunicaba por cartas que entregaba a la harpía de su secretaria. Sólo quedamos fuera de la Fakultät dos o tres veces a lo largo de aquel año, en algún café. Yo le entregaba lo que tenía, y el se mostraba satisfecho, mirando a través de mi garganta translúcida cómo fluía un expresso italiano durante largos silencios.

La mañana en la que defendía la tesis, me llegó a la pensión una nota escrita con calma. No podría asistir, pero estaba confiado en que no necesitaba ayuda alguna y que me vería en el café a las siete, para celebrarlo. Ni siquiera se molestó en darme una mala excusa. ¡Dios! ¡Cómo lloré! Volqué el tintero sobre el suelo, salí gritando por el pasillo y rompí el espejo del baño común de un puñetazo. Frau Dohrn vino corriendo pálida como un espectro. Creía que estaba teniendo una crisis nerviosa, no era propio de mí, y tuve que detenerla para que no avisara a un médico.

Algo que se parece a un suspiro.

>>Al final, me serené. Tenía una orden: no necesitar ayuda. Me eché agua en la cara, me perfumé el cuello y salí de casa con la cartera de cuero llena de notas y aclaraciones. El salón de actos estaba concurrido. Antes de empezar a hablar, eché un último vistazo no sin cierta esperanza entre las calvas y las caras marchitas que venían a masticarme a mí y a mis palabras, para ver si encontraban algún hueso amargo que escupirme a la cara. Él no estaba allí.

Así que tomé aire. Hablé, hablé, hablé durante horas, maquinalmente. Había gastado toda la pasión que tenía y sólo me quedaba vomitar los posos. Algunos levantaron la mano e hicieron las preguntas que ya me esperaba y para las cuales tenía una respuesta preparada. Fue lo que académicamente se puede llamar un éxito rotundo.

No quería verle, de verdad que no quería. Me había prometido que no iría, pero fui. Con mi abrigo más nuevo y una diadema en el pelo. Cuando entré aterida de frío, él ya estaba allí, de espaldas en nuestra mesa. Pensé que aún estaba a tiempo de escupirle alguna injuria, de volcarle una vaso de agua en su expresión hierática, de hacerle sentir un infierno de culpa por haberme abandonado de esa manera. Pero antes de que pudiera acercarme siquiera, volvió la cabeza y me sonrió. Supe que no podría odiarle y que si algún día decidía estrangularle mientras estaba dormido, lo haría sin deleite ninguno, casi por obligación.

Ruido de sábanas.

>>Él era abstemio, pero yo tenía mucho que celebrar, así que pidió una copa de vino tras otra, todo a su cuenta. Me dijo que había hablado con compañeros del departamento y que habían quedado maravillados. Tenía talento y actitud. Tal vez podrían hacerme un hueco el curso siguiente, aprovechando que el Professor Kurtz se jubilaba. Yo sonreía a medias y oía sin escuchar. Alguien volcó una copa en la mesa de al lado y una señora con los labios muy rojos y una boa azul eléctrico alrededor del cuello soltó una sonora carcajada. Weber puso una cara de disgusto y me pidió en voz baja seguir la conversación en su apartamento. No sé qué le dije y unos minutos después estaba en su coche. ¡Esa voz! Podía haberme pedido lo que quisiera. Podía haberme ordenado que matara a mil niños en sus cunas antes del amanecer y le habría traído sus corazones aún calientes, uno tras otro. Ojalá pudiera recordar cómo sonaba. Lo intento, y se me escurre entre los dedos como agua, como una canción que te hace llorar en sueños, y que al despertar sólo eres capaz de hacer una burda parodia con tus dedos agarrotados en el piano.

– ¿Le querías?

Pausa.

>>No. No sabía lo que era “querer”. Nunca había sentido curiosidad por nadie, hombre o mujer. Con 25 años nunca me habían besado (aunque lo habían intentado, sí), y eso no me preocupaba, tenía demasiadas cosas que hacer. Él tampoco me preocupaba, pero no tenía en el mundo nada más que hacer. Me tenía. No sabía qué me iba a pedir, pero pidiera lo que pidiese, lo tendría. Así de fácil.

Algo que se parece a un suspiro.

>>Entramos y nos sentamos en un diván gastado. Tenía una botella de vino preparada, aunque insistía en que él no bebía, y me sirvió una copa. Siguió hablando. En algún momento la conversación tomó un camino distinto. Me preguntó si había leído sobre leyendas eslavas, y yo dije que muy poco. Su rostro era grave, pero sus ojos parecían entusiasmados. Me contó historias de aldeanos y reyes, de brujas y monstruos, historias de sol, historias de oscuridad. No sabía que hubiese investigado por esas ramas, y así se lo dije. Sólo soltó una sonrisa muy triste, y siguió hablando. Siguió hablando de cuentos y de fantasía. En algún momento, cambió los pronombres, pero sonaba a lo mismo. Era una metáfora, lo entendía así. Para él su vida, mi vida, el mundo, todo era una metáfora. Estaba escrita en imágenes de belleza retorcida. Así era y así lo entendí yo. Me pidió que no me asustase, pero yo ya no estaba allí, estaba siguiendo la historia adonde quisiera llevarme. Me pidió más cosas, y me abandoné al arrullo de agua que salía de su boca. Lo que me pidiera, lo que me pidiese…

– No es una historia más triste que la media.

Una carcajada seca.

>> No, supongo que no. Lo triste es la pérdida, siempre la pérdida.

Pausa.

>> Cuando volví en mí, y escuché su voz de nuevo, estaba horrorizada. No sabía qué había cambiado en mí o en él, pero aquel timbre de dios antiguo, de arroyos y madreselva, se había convertido en un sonido metálico, hueco y cansado. Le contesté, y mi propia voz se impuso a la suya como un vendaval a un arbusto seco. Le increpé sin saber exáctamente qué había hecho, y todas las palabras de calma que me pudo dar no hicieron sino enfurecerme aún más. Salí dando un portazo y volé sobre los escalones hasta llegar al portal. La noche era fría en Berlín, y yo llevaba puesta sólo una camisa y una falda, sin abrigo ni medias.

No sentí frío. Sólo entonces comprendí.

 

Diarios de A. Portnova (1957)

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