El buey y la mula

Y otras cosas antaño sagradas que se curvan y fragmentan como turrón del blando.

Debería haberlo previsto, pero tan gerontofóbica precoz que soy, tan ocupada que estoy buscando las arrugas de mi propio ombligo, que ni me había parado a pensar lo probable que era acabar pasando un puñado de Pascuas entre sillones de mimbre y olor a puré de patata y gatos. Alrededor de ella.

Me da dos besos, me pregunta si me he echado novio ya (no se qué de una olla de arroz al fuego). Se queja de vicio y clama a la madre de Deu. Cualquiera diría que todo sigue igual, si me sigue gustando el olor de su colonia y aún no le he preguntado cuál es. Heredé sus pulgares hiperextensibles, su marca de nacimiento (el ciprés en la pantorrila izquierda). Los tendones de Aquiles cortos, los andares de gansa. Cosas adheridas a mi cuerpo que no cambian. No, ni siquiera se me había pasado por la cabeza.

Otra señora espera la cena a las ocho en punto, con un platito para el pan y otro para las pastillas. Hablando de la vida con nosotros, mientras viene el carrito de la comida.

“De lo único que me arrepiento en esta vida, es de haber tenido sólo un hijo”.

Pues dice mi padre cada vez que surge la ocasión, que el número ideal de hijos es cero. Que es más rentable dedicarse a la crianza del cerdo. Por la parte que me toca, casi que lo entiendo. Sin embargo…

Mi otra abuela, la que aún vaga por casas demasiado grandes para ser habitadas, nos solía contar un cuento en las noches de invierno (no las noches adulteradas de ahora, hablo de las de Vicks Vaporub y madera mojada). Uno sobre un niño al que lo mataba su padre, se lo comía su madre y lo recogía su hermana; y que al volver del otro mundo todo el mundo le pedía naranjas. O algo así. Yo no lo entendía muy bien (más bien me daba bastante grima) pero sí que se me quedó grabado lo de dejarme roer los huesos hasta el tuétano y dejar los sacos de mandarinas en la puerta, por si algún día hacían falta. Que para eso me habían traído al mundo. No sé si era esa la idea, pero me congelaría 10 veces sobre el puente de escarcha para que ella llorase un 17 % menos cada Navidad que pasa.

El mundo se desgasta bastante más rápido que yo. Qué cosas, ¿verdad? No más levantarse a por caramelos a las 6 de la mañana. No más chasquidos del botellero al abrirse a la hora de la siesta. No más dormir al borde del Abismo de las Cucarachas. Soy demasiado grande, demasiado ancha, demasiado alta, demasiado mayor, demasiado triste… pero eso NO  es lo que dice la última palabra.

Nos levantamos, ya volveremos mañana. Hay espejos en el camino de salida y en el reflejo parezco, en contraste, descaradamente joven y abobinablemente hermosa. Inmortal, inalterable. Hay un portal de Belén en la recepción, y el Papa de Roma puede decir misa, que siguen en su sitio de siempre el buey y la mula. Sobreviviendo a los hachazos contra la inercia, hasta que a nadie les importe lo suficiente como para impedir que se vayan.

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