El día del veterano

No hay flores en la sala de los mutilados
fuera del acto de servicio.

Pero aún hay presupuesto

para hacer tintinear una próstata
en cristal de Bohemia,
macerar una ciruela
y esperar al ángel albino
con su toque de gracia plastificada
(algodón y látex,
seda y vinilo).

No sé si son

mis dedos de espía germana
vendida a los Aliados
o mi timbre de grulla herida,
pero me pregunta:

“¿Eres de los nuestros?”.

Y yo

ME QUEMO.
Ardo como una hormiga roja
bajo la lupa de un dios muy pequeño.
Sus cataratas blancas, y su sol,
el Sol
sobre la metralla oxidada.

“Yo tampoco aguanto a esos puñeteros beats,
al tabaco importado
y a la ginebra con ginebra…
se han comido mi vida.
Ménage à trois, à cinq,
à trop-de-vin-pour-savoir-combien.

Y ahora qué.
Ceniceros de mármol
para bañarme en la ausencia de ceniza”.

No hay orquídeas para ti hoy,

ni tampoco buenas noticias.

Él llora en mi regazo de maniquí desnudo

y yo me sirvo el silencio en el suyo.

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