El hilo musical del limbo

“… de hecho, se ha observado que poniendo a varios bebés llorando una grabación del latido cardiaco de una de las madres, su hijo es el único que se calma” (he buscado y rebuscado y no consigo encontrar este estudio en concreto. De todas formas la fuente es, o debería ser, lo bastante fiable como para creérmelo)

Y mi pregunta fue, ¿cómo lo distingue de otro cualquiera ? Quizá no me llamaría la atención si no llevase escuchados un número respetable de latidos, propios y extraños, más los que queden por llegar. Y al desenroscarme el fonendo constrictor del cuello sé que me va a hacer daño en los oídos, que la campana y la membrana van a estar heladas, que va a ser una violación de la intimidad incómoda y de dudoso rendimiento. Nadie debería tener derecho a espiar instrumentalmente dentro de cajas torácicas ajenas sin una muy buena razón, y para mis oídos desentrenados hasta los matices más burdos, más toscos, se me siguen escapando de la cognición, como agua entre las manos. Pum-pum. Aunque lo intente. Pum-pum. Ni siseos, ni clics, ni retumbos, ni galopes, ni ritmos insuficientemente alocados. Pum-pum. Sólo pum-pum.

Y entonces llega un saquito de huesos a medio completar, sin formación académica, sin mantener siquiera erguida su desporporcionada cabeza; pero que viene con un registro de cada Herzio infinitamente más minucioso del que podré hacer jamás. Sí, ya sé cuál es la explicación: una vida entera de abnegado abandono a un sonido tan inimitable como una segunda voz. La conformación única de cada cámara, el vaivén de las valvas, el estrépito del empuje y el murmullo de la succión… nada ha logrado escapar de su celda acuosa; hasta el detalle más nimio alcanza sus diminutos oídos y templa su ánimo mucho antes de saber qué es. Como el primero que miró hacia arriba y vio lazos entre las estrellas, erráticas y titilantes pero constantes y perpetuas. Desde el principio de los tiempos, precediendo al Génesis, antes de que la luz se hiciera.

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