El hombre del cordón de plata

De todos los profetas de medio pelo, charlatanes  a media jornada y esquizotipias varias que se pueden ver desperdigados por la cité, hay uno en concreto que se ha ganado sus 400 palabras de gloria.

Los que ya lo conocemos de sus charlas inquietantes bajo el ceño del Dr. Fleming huimos de él como de la peste o nos dejamos avasallar, según la prisa que tengamos. Y debe de parar a muchas personas al día, porque a mí nunca parece reconocerme, siempre me pregunta el signo zodiacal y tengo por ahí perdidas un buen puñado de copias de sus doctrinas a Courier New. Y hasta una estampita del Arcángel San Gabriel. Tendría que buscarla.

La última vez que me encontré con él, salíamos LetaL y yo del Ben&Jerry’s (el segundo lugar más místico de la tierra), gofre con nata en mano, volviendo a la mala vida. Se hizo corpóreo tras alguna esquina para desearnos buen provecho. Y para avisarnos de que es prudente que vigilemos lo que comemos. Al menos de momento, dentro de poco todos nos alimentaremos de luz.

Ah, con qué hueso duro de roer te has vuelto a encontrar. Con el cordial chasco de los testigos de Jehová que han tenido a bien llamar a mi puerta y no pillarme en la ducha; doña dialéctica insufrible, implacable, inacabable… con una tocapelotas, vamos. Y con mucho tiempo libre. Así que le damos cuerda, aunque la mayor parte nos la conocemos: sobre Dios y los ángeles, la vida y la muerte, sobre la carne roja y el azúcar refinado. Y después de tanto tiempo, siempre me sorprende con algo nuevo: la voz que susurraba los nombres, o mi edad en términos relativos con el universo (1:1).

Pero si me molesto en escribir no es por lo curioso: a estas alturas a mí también ha dejado de parecerme atípico. Es porque siempre pide mi opinión, y por alguna razón, parece que la toma en cuenta y tarda un tiempo prudencial antes de darla por inválida y tirarla a su papelera mental.

Siempre se despide muy educadamente antes de marcharse, y lo mismo le da si llueve en el Duque por fuera de nuestros paraguas o si Sodoma y Gomorra siguen enterradas bajo kilómetros de sal. A quién puede afectarle lo más mínimo cuando estás hecho de luz; tú y la cuerda argéntea que te une el ombligo con el alma.

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