El último lazareto

Hace casi cinco años un proyector polvoriento tuvo a bien mostrarme esta imagen:

lazareto lepra medieval imagen

El leproso medieval. Cara y manos cubiertas, ni una pulgada de piel expuesta más de la estrictamente necesaria. Haciendo sonar una campanita. Pregonando su inmundicia, citando al Levítico textualmente. A lo mejor no puede ver ya.

Me persiguió durante días esa imagen animada, sentada en una calle polvorienta, agitando apenas la mano y avisando de su presencia, ahuyentando a los puros (algo como “tilín-tilín. Hola, estoy aquí. Tilín-tilín. No te acerques”, supongo). Huir del contacto humano esperando la consumación de la muerte en vida, lenta, fragmentada.

Luego se me olvidó, o fue sustituida por otra imagen tan patética o más, y ahí quedó todo. Ahora que me he vuelto a encontrar con él, no me acuerdo de los detalles importantes, lo útil, lo que se supone que debería saber. Me acuerdo de la puñetera campana. Del aislamiento y el estigma. De la ley divina: no lo toques.

El bicho de Hansen (bacilo antipático donde los haya) no sabe nada de esto. Se agazapa en un lugar frío, crece y se reproduce. Y se reproduce. Y se reproduce. Y nada sabe de su huésped, ni de sus miembros deformados, ni le importa. Nunca ha estado solo. Y si alguna vez lo está, solo tiene que reproducirse.

El sanatorio de Fontilles es el último hospital para la lepra de occidente, y mucho ha llovido desde nuestro amigo hasta hoy. Los detalles útiles y que se supone que debería saber han exterminado por completo las campanitas, el aislamiento y el estigma… bueno, eso es lo que dicen. No voy a ser nunca una de esas que se dedican a pinchar con agujas, o pegar tubos de ensayo en ebullición a piel insensible, y no sé si me dejarían pasar de la puerta. Aunque sólo fuera para dar la mano, y repartir un par de abrazos.

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