Estampa Hispalense

No es difícil encontrarme, mientras aún tenga tiempo que matar, en uno de mis rincones más recurrentes de la cité para sentarme con una taza humeante a garabatear notas.

Situándonos en el espacio: a mi diestra, una pareja de guiris con dos copas de vino en la mesa. A mi siniestra, la puerta que da al quiosco de churros en la esquina del Parlamento. A mi espalda, la vitrina de los dulces. De frente, el ventanal, y a través, el punto en el que se fusionan la Resolana y calle Bécquer, donde una suerte de Macarena pop-art me reta a un concurso de asimetría imperfecta desde su estadarte del año jubilar.

Y no demasiado más. Las palmeras altas. Tísicas, tan enfermizas que se bambolean sin viento. Y el reguero de coches y personas. Un autobús de TUSSAM se para en el semáforo y en su lateral rojo aparecen reflejada mi nariz empañada sobre la taza de manzanilla, entre las dos trenzas. Luego se marcha, y es como si nunca hubiese estado aquí.

¿QUÉ quieres de MÍ? No tenemos nada de qué hablar. Ni lo más básico en común.

Tenía la (romántica) idea de mantener los roces al mínimo, para luego engullirte aprisa y corriendo en las últimas 24h sobre este suelo. Y escribir la crónica dentro de mucho, mucho tiempo; ya desintoxicada de esta mezcla de tambores, azahar y caballo (en su sentido más equino).

Pero me quedo. A pesar de ti.

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