Fábula de las Ostras

Yo guardo el Templo blanco a Iris

y otros dioses menores del panteón.

.

El Mausoleo que No ha Visto un Ojo Humano,

La Ermita que No se Pronuncia en Dialecto Alguno,

Santuario que no existe

salvo en un filtrar perpetuo

por galerías oscuras de nácar:

una opalescente Nada,

eso guardan las ostras

con su vida.

.

Abnegada y majadera vida de ostra.

El entreabrir del caparazón inanimado

sólo nos da más trabajo.

Y tú, compañera.

Dónde has estado.

Cuánto has tardado en llegar.

Por qué no pules ni das brillo,

¿no tienes nada que arreglar?

.

Donde no alcanzan los astros,

ni perturba su cosmo(a)gonía

ni mortifica su luz obsoleta,

en el centro de un universo

descentralizado,

abres la coraza y sales a ciegas

para encontrarte conmigo

desnuda entre las algas,

sin nada que arreglar.

.

Sin Manos, Ojos o Palabras.

La pasión submarina

en una pecera azul.

 

(PS. No hay moraleja. Las moralejas enseñan, y todo el mundo ya sabe que un par de labios eran dos valvas rojas, secas y rotas, antes de que llegáramos tú y yo).

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