Feliz Navidad

Me despierto el día 25 y son las seis de la tarde.

No tengo excusa. Estaba cansada, pero no TAN cansada. La Nochebuena no fue tan mala como otros años, dicen, y me pude ir a dormir temprano, con el cajetín limpio y nada pendiente. Al salir el sol, la calle estaba desierta y nadie me vio volviendo a mi cama en un camino de vapor frío, como la locomotora del transiberiano.

No me explico cómo me he despertado tan tarde.

 

Mi cena de Navidad es un sandwich de atún. Me voy mañana y no quiero dejar comida a medias en la nevera que tirar a la vuelta. He aprendido a ser práctica. No hay nadie en el piso así que me lo como con toda tranquilidad en la cocina, de pie, dejando un reguero de migajas para las hormigas que se atrevan a salir con este frío. Y cuando acabo, me lavo las manos con Mistol de marca blanca en la pila de la cocina, y vuelta al trabajo.

Es el día de Navidad y no estoy en casa.

Quiero decir, no es un drama. Ocurre año sí y año también, en todas partes, hasta en las mejores familias. Por razones de peso, por razónes etéreas, por infinidad de motivos o sin ninguno en particular.

Yo, con mi ambivalente relación con el arraigo, la nostalgia tibia a una niñez no más ni menos feliz que las etapas venideras… siempre les he guardado cierto rencor a los ausentes en Navidad por no perpetuar la estampa idílica de mi infancia. El brasero y los polvorones, el vapor terrorífico del marisco humeante, las panderetas de 100 pesetas y el discurso del Rey de ruido ambiente.

 

Me dedico a hacer la maleta tarareando Noche de Paz. Dos horas después del ibuprofeno, ya no siento nada.

 

2 Comments

  1. Abro los ojos. Veo el desnudo y frío techo del salón. Estoy tendido en el sofá, inmóvil. Un dolor de cabeza realmente intenso tamborilea, poniéndole banda sonora a los recuerdos de la noche anterior, que se precipitan sobre mi como una avalancha de nieve.

    Es día 24. ¿Qué hora será?

    Alargo la mano hacia el teléfono móvil, palpando. Las 11:30 de la mañana, hace sólo un puñado de horas que me acosté. El sofá puede ser un buen refugio si descubres que tienes la cama sin sábanas cuando llegas a las tantas.

    Todo es difuso, mejor dicho, casi todo. La recuerdo con tanta claridad que una sonrisa sale eyectada de mi cara. Todavía me parece increíble lo que sucedió. Pero sé que sucedió. Fue real.

    El dolor de cabeza martillea en mis sienes, pero no puedo dejar de sonreir. Mi gato salta sobre mi pecho, devolviéndome a la realidad. Necesito un ibuprofeno. Cuanto antes lo haga, antes se me pasará, pienso.

    Cuando vuelvo en mí son las 16:30. El dolor de cabeza casi ha desaparecido. Vuelve su sorpresivo recuerdo a mi cabeza, como cuando despiertas en una cama que no es la tuya y te sorprendes porque esperabas encontrarte en tu casa.

    ¿Volverá a pasar? Pienso mientras me llevo las manos a la nuca, para usarlas de almohada. – Mal vamos, amigo mío… Me digo a mi mismo.

    Sé que el alcohol sólo fue el calzador que necesitábamos, no el gatillo. Lo sé bien porque ya casi nadie dice nada cuando besa y aquello… je, aquello fue toda una conversación. Una conversación que había estado pendiente, todo este tiempo.

    Esta noche, nochebuena, pienso. Y mañana navidad.

    Hoy, día 26, sigo escribiendo encima del 25, utilizando recuerdos del ayer. Volví al vacío, después de varias semanas sin pasar a echar un vistazo y leerte sacudió mis manos.

    Sólo ahora, que ya estoy acabando, empiezo a sentirme despejado. Ha llegado el momento de abandonar el refugio donde había estado estos dos últimos días. Aun quedan otros dos antes de volver a verla, en el trabajo.

    Puede que suene un poco canalla. Pero últimamente me preocupa más dejar cicatrices que el hecho de que me las hagan, porque ya casi nada quiebra esta coraza y cuando lo hacen, sella realmente rápido. Pero sonrío, por lo que se tenía guardado el 2015.

    Suerte para el 2016. Nunca dejes de sentir.

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