Feliz post-día contra la violencia de género

Hubo una guerra que se perpetuó durante tantas generaciones que sólo los historiadores saben por qué empezó.

Al cumplir los dieciséis años, y salvo otro impedimento, todos los chicos sin excepción se enrolaban en el servicio militar para ir a luchar al frente.

Pocos volvían. Los que lo hacían, regresaban a casa heridos, mutilados, discapacitados o traumatizados de por vida.

 

Pero así había sido siempre. Era un orgullo para todo hombre el poder cumplir su deber. Si alguien intentaba escapar de su obligación, algo que no ocurría a menudo, se le degradaba al rango más bajo, y se permitía que el resto abusara de él, por cobarde y pusilánime.

 

Las niñas no iban a la guerra, nunca habían ido. Se quedaban en casa y se formaban y trabajaban para tratar de mantener la economía a flote mientras la mitad de la población se había marchado a luchar. Nunca oyeron los bombardeos ni les alcanzó una bala. Tuvieron miedo por sus hijos, y hermanos. A veces pasaban frío, otras pasaban hambre, casi siempre pasaban las dos. Alguna que otra chica fantaseaba con la idea de disfrazarse de hombre, coger un fusil e ir a la aventura, pero nunca se lo dijo a nadie.

Vivían tristes, pero vivían.

 

Una noche de guardia en una de las trincheras, dos soldados rasos hablaron en voz  baja hasta que salió el sol. A uno, su hermana pequeña le había mandado una carta con flores prensadas y muchos abrazos. Al otro, le habían telegrafiado para decir que  su mujer había dado a luz, y que gracias a Dios, había sido una niña.

Los dos estaban cansados, los dos querían volver a casa, los dos no sabían muy bien qué hacían allí.

Redactaron entre los dos apenas dos páginas a carboncillo y las enviaron a primera hora de la mañana. Llegó a las manos de un antiguo compañero, retirado al ser herido por metralla en la rodilla, que trabajaba por las noches en una imprenta para malpagar el alquiler. Lo leyó varias veces, lo reescribió a máquina añadiendo unas pocas líneas de su propia cosecha, he hizo 20 copias antes pasar por las rotativas del periódico de la mañana.

Cada copia llegó a un veterano en una punta del país. Dieciocho acabaron en la basura, arrugadas con furia. No habían luchado y arriesgado su vida para que dos novatos cuestionaran el valor de lo que habían hecho.

2 sobrevivieron.  Las dos páginas se convirtieron en veinte y enviaron 50 copias cada uno. De ellas, sólo seis consiguieron escapar al fuego de la chimenea, del cigarro, o de la estufa.

 

Llegó un momento en el que todo el mundo había oído hablar de aquella carta, con mayor o menor veracidad. Casi todas las mujeres y buena parte de los hombres pensaban que eran unos pobres descarriados, con las ideas muy confundidas y hasta peligrosas, pero tan inverosímiles que difícilmente podrían llegar a calar. Algunas intelectuales daban por legítima su protesta, y proponían alargar las visitas y permisos desde el frente para que pudieran estar más tiempo con sus familias y así liberar las tensiones. Un grupo más grande de lo que podríamos pensar, opinaba que probablemente se trataba de un puñado de radicales afeminados, y que más valía cortar el miembro gangrenado antes de que se extendiera.

Los menos leyeron. Y escribieron.

 

No fue fácil. Los altos cargos del ejército organizaron una verdadera caza de brujas. Registraron equipajes, controlaron el correo, interrogaron indiscriminadamente. Todo aquel que fuera descubierto en posesión de un manuscrito o con supuesta afiliación al mismo, recibía un castigo ejemplar.

Y siguieron entrando y saliendo cartas. Alguien anónimo en la capital escribió un libro sobre cómo sobrevivió tres días en la nieve atrapado en un cepo de oso durante una expedición de reconocimiento. Por primera vez, algo así no parecía sonar heroico, sino hueco y metálico. De pronto, no había nada deseable en desfallecer de hambre y frío con una pierna atrapada entre dientes de acero.

Los primeros motines fracasaron. Los segundos y terceros, también. Había más soldados dispuestos a seguir luchando que los dispuestos a no hacerlo, pero aquel descontento fue más contagioso que la última epidemia de sarampión.

Por el bien de la seguridad nacional, se tomaron medidas más drásticas. Los calabozos pronto estuvieron más llenos de soldados díscolos que de enemigos capturados, los cuales habían aprovechado la confusión y el caos para hacerse con varias bases.

En las ciudades muchos antiguos compañeros y comprensivas familiares se reunían para leer en corrillos las cartas que recibían. Empezaron a ser molestos para el resto de respetables vecinos y fueron instados a dispersarse pacíficamente por las policías y otras fuerzas del orden, con mayor o menor éxito.

 

Ante tantas presiones, hubo que ceder. La Primera Ministra hizo pública una medida sin precedentes: el servicio militar era ahora voluntario, tanto para hombres como para mujeres, aunque para mantener al enemigo a raya, todos los soldados alistados terminarían el año de servicio, y aquellos que desearan continuar sirviendo podrían hacerlo con todas las facilidades, duplicando el sueldo y vacaciones.

 

Muchos (más de los que se atrevieron a decirlo en voz alta) se escandalizaron y se pararon a pensar adónde había llegado este mundo, cuando un hombre puede quedarse en casa con los pies reposando en un taburete mientras su esposa se llena de barro arrastrándose bajo un alambre de espino. En su fuero interno, había algo repulsivo e irracionalmente equivocado en todo ello y, secretamente, esperaban que fuese algo provisional y volviera el orden que tanta tranquilidad les había procurado durante generaciones.

 

Pero nada de eso importa, porque al fin se había hecho justicia en la y todos podrían regocijarse en el nuevo y equilibrado mundo donde todo estaba en su sitio.

¿O no?

 

 

 

 

 

 

… To be or not to be continued?

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