Guisantes verdes rugosos

El otro día surgió el recurrente y simpático tema de conversación “a qué nacionalidad norte o centroeuropea corresponde mi cara”. De Irlanda a Finlandia, bordeando los Alpes por abajo, puede salir cualquier cosa.

Yo me río, aunque el chiste lo pillo a medias. No sé qué porras de especial tiene mi configuración facial para que la ubiquen en esas latitudes tan a menudo, con tanta concordancia entre observadores. Al menos, más que a la de otras criaturas (bastante más rubias, aunque no mucho más blancas) a las que no paran en el centro para ofrecerles, en inglés o alemán, un paseo en barco por el Guadalquivir o un espectáculo de flamenco. Pagaría por ver mi cara de guiri diciendo (con mi acento neutralizado a rachas, que hasta eso me traiciona) que muchas gracias, pero que soy “de aquí”. En prácticamente todos los sentidos (lo digo con orgullo mesurado).

Me recuerda a cuando intenté enseñarle a ALV genética mendeliana básica en la barra de un bar con moneditas de cinco y diez céntimos (separando los gametos, dominante y recesivo, como una familia de guisantes cualesquiera). Me llevó más de un cuarto de hora y no llegó a pillar por qué yo tengo los ojos “azules” (o “verdes”, o “aguamarina turbia”, o “gris ciénaga” o ninguna de las anteriores) y él no. Aunque la pregunta no está carente de sentido. Soy sureña, andaluza de nacimiento y sangre por las dos ramas, tengo rasgos de ambas pero a nadie de mi familia consanguínea lo confunden por la calle con un escandinavo. Una serie de casualidades genéticas, que por separado no dicen nada, pero que apiladas me permiten mimetizarme entre una manada de Erasmus y dar perfectamente el pego.

Probablemente algún antepasado (un godo despista’o, por qué no) se sentiría orgulloso de saber que su carga genética ha salido a flote después de tantas generaciones, en contra de todo pronóstico. Si levantara lo que quede de su cabeza y tuviera órganos para segregar lágrimas, lloraría de emoción al ver que a su última niña, su tatara(elevado a n) nieta, le pregunta una señora en el supermercado de su pueblo (encima de los congelados) que si habla español. Que es que desde abajo no ve cuánto cuestan los tarros de mayonesa.

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