Home is where the penguins stand

Uno de los temas más recurrentes que he tenido siempre a la hora de escribir es el sentimiento de pertenencia.

Echando la vista atrás al historial, una de cada 6 o 7 entradas tiene algún resquicio (cuando no está directamente empapada) de ese regusto agridulce de nostalgia y estoicismo ante la idea de no tener… “casa”. No en un sentido físico, claro. Desde los 18 me cambio de techo cada 2-3 años, de una manera sorprendentemente regular, y todavía tengo recursos para agenciarme 4 paredes de forma temporal, una y otra vez.

Pero me resisto a usar la palabra “hogar” por las connotación empalagosa, y tiro del anglicismo (una vez más) para hacer notar la idea de microclima afectivo y de seguridad, sin tanta ñoñería fin-de-épica.

Escribo (he escrito) mucho y muy largo sobre volver a casa, sobre la infancia en suspensión, sobre los rincones anodinos que toman valor irremediablemente con el paso de los años. El abandonar la habitación con los muebles salmón en casa de mis padres como centro estratégico de retiro espiritual, de retiro psíquico, de retirada ante el dolor. En su lugar, voy cargando como un cangrejo ermitaño con un espacio nuevo y todo lo que ello conlleva, intentando hacerlo mío, hasta que encuentro un nuevo sitio. En cada paso, voy dejando cosas atrás y adquiriendo otras nuevas. Cosas físicas, trastos físicos. Lo que era imprescindible hace unos años es algo que dejar atrás hoy. Lo que me gusta, lo que me define, lo que quiero tener a mano por alguna loca razón.

Mi avance personal puede extraerse del cajón de cosas a donar.

Quiero suponer que es algo generacional, sin más. A diferencia de mis padres, en una situación sociopolítica diferente, tengo a flor de piel la incertidumbre de que, haga lo que haga, puede que no tenga trabajo estable nunca. Hijos nunca. Plan de pensiones nunca. Casa fija nunca. Cuesta hacerlo entender en las reuniones familiares informales esporádicas, pero no lo llevo del todo mal. Soy un caracol con 5 cajas enormes y 4 maletas. Recogiendo y soltando. Moldeando el espacio que ocupo y por tanto a mí.

Sigh.

Arturo duerme. Lo escucho respirar. Escucho a las vecinas parlotear a través del patio como si estuvieran en este mismo salón. Creo que no me ocurría desde que empecé a saltar de urbe a urbe. Está nublado y apenas entra luz por la ventana, las cajas sin deshacer y el tocadiscos están en penumbra. He encontrado un buen sitio para los pingüinos de peluche, pero van necesitando un lavado.

 

Tengo un momento de despersonalización figurada y me veo desde el techo, rodeada de polvo, cartón y quietud relativa.

La sensación es de herida profunda y abierta, cauterizada una vez más.

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