La Bacanal del Plástico

Parando en un semáforo no lejos de Antón Martín, he tenido que sacar el móvil para hacer una foto fugaz a esto:

No he conseguido ni la mitad de la mitad de esta magia anodina de barrio.

Necesito respirar hondo y preguntarme por qué me conmueven tanto un puñado de maniquís viejos apelotonados en una esquina sembrada de locales de venta al por mayor. Sin ningún propósito artístico, filosófico ni vital: tal y como han caído.

No soy una persona observadora, pero sé que hay algo rematadamente nihilista en esa disposición concreta de dos extremidades inferiores rígidas, blanco sucio, asomando por los bordes oxidados. En el ángulo obtuso de la mandíbula que se encara al observador mientras los ojos insinuados están de vuelta al escaparate donde han dejado de pertenecer. Una fosa común a escala natural con formas suaves y antropométricamente perfectas, como siete Venus de Milo de marca blanca durmiendo ebrias tras una orgía.

Tal vez llueva hoy. Si se inunda el contenedor sólo unas pocas saldrán a flote. Piénsalo. Millones de años después, el zooplancton atrapado y asfixiado en una reserva petrolífera se asomará a la superficie con una nueva y refinada forma, y respirará cuando nadie esté mirando.

Y qué más les dará. Con muchísima suerte, se reducirán, reutilizarán y reciclarán. Las imagino en un horno mezclándose y fusionándose, dando otros cuerpos más grandes y amorfos y sudorosos antes de convertirse en un charco termosensible que desafía todos los cánones antropocéntricos de la belleza y la verdad. En la Otra Vida, quién sabe qué les deparará. Nadie les ha preguntado nunca si no preferirían ser tapones para botellas.

Parpadeamos con el ruido de motor. Lo que nos ofrece la Cosmópolis a ellas y a mí en esta tarde de invierno: mi nariz helada contra el cristal, nuestros labios sin pintar, todos los abrazos amputados que alguna vez se han dado.

Y ha sido tan triste, que no he tenido más remedio que volver a escribir.

4 Comments

¡Los comentarios son bienvenidos!