Llueve en Glasgow

Llueve en Glasgow.

En las calles extinguidas,
los faroles que osan
desafiar la niebla
abren un angosto camino para
los caballos pardos
(reforjando sus herraduras
sobre los adoquines desgastados),
para los pardos jinetes
y sus sombreros altos,
para los truenos del látigo
con prisa por llegar
a un lugar más hospitalario.

Llueve en Glasgow,
y los locales decentes
hace mucho que han cerrado.

En la penumbra

se arrastra

un fantasma de raso.

Se deshace en agua
por todos sus orificios,
porque es agua lo que va buscando.
Sigue el camino de los remolinos,
el rumor de las cascadas
la putrefacción de las cloacas.
Agarra con sus uñas lacadas en rojo
cada reja y baranda
(una palma teñida de óxido,
la otra de sangre coagulada);
y desciende, desciende
bajo el acueducto,
hasta apoyar su espalda sobre
el refugio de piedra
que hoy va a hacerle de cama.

Tiene los ojos hundidos.
Negros y chorreantes.
Una mueca mal pintada,
la marca violeta de su
dueña y señora brillando
en la mejilla izquierda
(“¡Ahora no me sirves para nada!”).
Bajo el uniforme de trabajo,
(enaguas ligeras y corsé a medio abrir),
el largo tiempo disimulado
fruto bastardo de dos chelines
y del tercer whiskey más barato.

Dos rodillas jóvenes y blancas
ceden para dar paso
a la bestia que reclama
su sitio.
Una boca se abre y grita…
pero no hay nadie allí para oírlo.

(El manantial púrpura
empapa la tela mustia.
Lame la piedra gris
como un amante discreto,
fluye despacio, sin prisa,
hasta tocar la corriente,
donde estalla y se desintegra
ruborizando apenas al agua).

Una boca se abre y grita,
mientras otra se abre y calla.
Alguien ha vuelto a sacar
un alma
a partir del barro.

Llueve.

Está lloviendo en Glasgow.

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