Los Pirulís del Mal

Si buscas en Google “cómo se llama la cosa roja, blanca y azul que da vueltas“, el primer enlace que te sale es la entrada de Wikipedia a “Poste de barbero“. Lo cual me hace pensar que no soy la primera persona en andar este camino sinuoso y hasta las rodillas de barro.

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De modo que el origen del Pirulí que adorna las fachadas y engala los letreros de peluquerías (para hombres), barberías (suponemos que para hombres) y tiendas de estética variadas (ídem) viene de la gore-imagen de vendajes sanguinolentos atados a un palo. Que al poste se le añada una banda de color azul (tan de Iuesei y tan de mediados del siglo pasado) y que se haya suprimido la palangana de bronce para guardar sanguijuelas le quita un poco de hierro al asunto, pero no demasiado.

Hoy, mientras pasaba por la cité, me he muerto a preguntas. ¿Por qué cada vez me los encuentro más? ¿Por qué en un país como España en 2017, víspera del día de la Mujer, el gremio descentralizado de cirujanos-barberos ha decidido levantarse de la tumba y dejar su sello en cada establecimiento con licencia para afeitar?

¿Por qué en mi peluquería hay una “zona de hombres”: cuatro míseros metros cuadrados con el suelo a cuadritos negros y blancos, lámpara retro, focos con forma de faros antiniebla y un estante lleno de tarritos de gomina y chuminadas “for men and ONLY for men”?

¿A qué viene tanto pánico?

En algún momento, el imaginario colectivo ha considerado tolerable la metrosexualidad siempre y cuando se elimine cualquier matiz remotamente femenino y se sustituya por morralla kitsch de los 50’s.

Porque te dará un +5 en virilidad.

Porque no te sentirás incómodo ni vulnerable.

Sobre todo, porque no te sentirás una mujer.

 

Y esto, señorxs, es de una maldad inenarrable.

¡Los comentarios son bienvenidos!