“Ah, ¿sí? Pues más Diógenes y menos amoxicilina. ¿No?”

“Más Platón y menos Prozac”. Como respuesta predefinida para absolutamente todo.

No es que me cabree especialmente, no. De hecho, yo he sido la primera de todos en tomármelo a risa. Porque es de risa: la cubertería de palo fino que todo herrero guarda con mimo para la boda de su hija. Ironía para engrasar el flagelo de penitencia. Por la boca muere el pez, de morderse la lengua, y SÍ, tiene su parte gracia.

Pero si yo me río es porque me lo puedo permitir, me he ganado el derecho a pulso con sangre, sudor y bilis, y me puedo ridiulizar tooooooodo lo que me dé la real gana. Usted, señor, no tiene excusa ni licencia para enseñar bioquímica básica. Cuando se haya convertido en una sanguijuela mutante amenazando a filo de navaja por un poco de serotonina, cuando se cuelgue de las lámparas como un arácnido común, o cuando le salgan patas a su tratado de compulsiones y manías y vaya siempre tres pasos más allá de la dialéctica (más allá del cortex frontal, diría), entonces podrá volver y contarme su vida. Hasta entonces, su argumento es inválido por falta de pruebas empíricas.

Sólo hay una cosa más antinatural que estar en este lado de la mesa, o peor aún que estar en el suyo. Y es hacer el pino puente sobre la silla giratoria y la gomaespuma. Te quedas sin la alocada bendición de la ignorancia y sin la seguridad imperial de la sangre fría.

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