Mi edición de bolsillo

Después de 20 minutos esperando frente al mostrador de Objetos Perdidos, ha vuelto la chica del almacén con mi cartera en la mano.

-La han encontrado abierta en la calle Tal haciendo esquina con Cual.

Sí, me lo conozco, no es la primera vez que vengo aquí. Algún día hablaremos con tranquilidad sobre mis estados proto-crepusculares (mal llamados “despistes de repetición” o “es que estás cuajá“) cuando llevo algo de valor en una mano.

Firmo un papel como constancia de que he recibido blablabla y me guardo la cartera en el bolsillo del abrigo. Me aseguro de que sigue allí dos veces antes de salir del edificio. Cinco veces antes de bajar al metro.

Esperando 4 minutos a la Circular, abro la cartera y empiezo a revisar ranura por ranura. No hay dinero, ni un céntimo de efectivo, pero qué esperabas. Lo importante, lo que me traía de cabeza, es que la documentación está en su sitio: el DNI en el que salgo con cara de sociópata nº 6 en la lista de los más buscados. Una tarjeta de débito inservible. El carnet de la universidad que dejé hace años pero que siempre saco si hay descuento para estudiantes. La tarjeta de contacto de NZ (espero que al menos se haya quedado con su número por si necesita un buen fisio). La de donante de sangre, la de la biblioteca, el carnet del gimnasio al que llevo sin ir desde diciembre con nulo arrepentimiento. Bonobuses de las ciudades a las que voy y vengo, con los que se podrían rastrear mis movimientos en los últimos 3 meses sólo con sentarte pacientemente a anotar días y horas.

Pero está todo. Alguien la abrió, cogió lo que buscaba y la abandonó a su suerte sin mayor ceremonia.

 

No, espera.

Tu foto.

No está.

 

Has debido de gustarle a alguien más.

 

Cuando llega el metro y me siento, no puedo dejar de fijarme (de manera harto sospechosa, imagino) en todos los bolsos, mochilas, bolsillos. Me pregunto qué guardarán allí sus dueños, si es que guardan algo. Una foto de su nieta, el ticket del parking, un billete extranjero, la entrada de aquel concierto, un número de teléfono, la tarjeta de la peluquería, una nota de su amante, dos pilas de botón. ¿Qué podría saber de sus vidas un extraño sólo con echar un vistazo impune a sus ediciones de bolsillo, en formato 5×4?

Y cuando paramos en la siguiente estación y me asomo a la ventanilla del vagón de detrás, la repetición en bucle de las barras amarillas a las que se agarran y se sueltan tantas manos anónimas me deja en la garganta una sensación de pérdida descorazonadora.

2 Comments

  1. Me ha gustado. Eso de cosas que estaban y no están me ha recordado algo que me ha pasado hace un rato.

    Estaba devanándome los sesos, indeciso, como siempre suelo hacer cuando tengo que tomar una decisión tan trascendental
    como elegir qué cenar en función del hueco que tenga en el estómago.

    Eché un vistazo en el frigo y la verdad… fue de estas veces en las que ves cosas ricas, pero te puede más el hambre
    que el paladar y optas por abrir el congelador en busca de fritanga de la buena. Abrí un cajón: 5 pizzas margarita
    de las que uso como cimientos para construir luego la pizza perfecta, a base de tuneo gourmet. 10 min de precalentamiento
    más 15 de cocción a 200 ºC, igual a 25 minutos. No Way.

    Abrí el último cajón y unos jalapeños rellenos de queso hicieron que la saliva saliera eyectada de la boca
    como el piloto de un F-16 en llamas. Encendí tan rápido la freidora que casi se me cala.

    Mientras se calentaba el aceite me incliné para acariciar al gato y entonces pensé que estaría solo, de no ser por él.
    Salí de la cocina, como paseando, distraído, como si de alguna forma mi conciencia se estuviera predisponiendo al estado
    de ánimo que iba a encontrar dentro de un momento.

    Me quedé frente a la puerta del salón, que tenía la luz apagada. Parecía tan frío… tan vacío. Por un momento mi
    memoria olfativa hizo el proceso inverso y recordó un olor que no estaba presente conmigo. Pensé en el olor de los pisos recién
    estrenados, pero que llevan algo de tiempo sin abrirse. Fue muy breve. Recordé como antaño el salón, hoy reemplazado por la cálida
    acogida de mi estudio con calefacción y PC, había sido el centro de la casa. Centro de disputas, risas, noches de
    borrachera, sexo desenfrenado, gula audiovisual y otras gulas de caracter culinario, etc. – Principalmente de broncas… Me dije,
    resoplando con desdén.

    Hoy en día, me cuesta hacer memoria para seleccionar una sensación con la que quedarme. Después de todo aquello
    mi salón no ha sido más que un sitio de paso. Si hubiese puesto una cámara grabando entonces, hubiera podido pasar todo el video rebobinando
    sin miedo a perderme algo excesivamente importante.

    Caí en la cuenta del tiempo que hacía de aquello porque me costó retrotraerme al pasado y rescatar esas sensaciones.
    De repente, tenía la sensación de haber estado viviendo solo en este piso desde siempre.
    – No puede ser… Me dije mirando el salón vacío y oscuro – ¿Tanto tiempo hace?
    Entonces quise calcularlo. Me mudé de mi anterior piso en Junio. En septiembre se acabó… estamos en febrero ya… eso quiere decir… hm, sí. Ahora mismo
    llevo más tiempo viviendo solo en este piso, que con alguien. Entonces pensé en voz alta…

    – Ha pasado tanto tiempo; pero la echo de menos.

    • El concepto de irreversibilidad es con diferencia de los más duros que uno tiene la obligación de meterse en la cabeza. Es el origen de todos los males, la no-agua en el sí-sumidero.
      Sigh. Me puedo dar cuenta del (mono)tono la mar de lánguido que me sale al escribir. Espero que nadie me esté tomando en serio.

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