Olea europaea

Todos los años desde que tengo memoria (que no son ni muchos ni pocos) cuando llegan las vacaciones hacemos las maletas y marchamos a los pueblos de mis padres, hacia el oriente, a contracorriente del mundo, alejándonos del mar y acercándonos a nuestro retiro cuasi espiritual. Y digo “retiro espiritual” porque es lo que he dicho siempre con una sonrisita de condescendencia desde que tengo carnet de snob de tercera. “Retiro”, porque con la gente que sale a la calle una tarde de invierno cualquiera no llegas a llenar un autobús del Imserso. “Espiritual” por necesidad: a falta de cobertura y wi-fi, el oxígeno como efluvio vital y místico se queda MUY corto. Realmente lo digo más que lo pienso, y nunca digo nada más: nadie sabe mucho más de “el pueblo de mi abuela”, sólo de que voy o vengo. Qué injusto por mi parte.

Pues debería decir algo más. Si no lo hago yo probablemente no lo va a hacer nadie, o al menos, nadie que conozca mi versión de los hechos, Porque más de un avispado ha visto el Guadalquivir cuando apenas si te llega a las rodillas, arrastrando más tierra que agua tras las lluvias o arremolinándose verde grisáceo bajo sauces tristones, copas de chopos y zarzas que te arañan las espinillas cuando te estiras para coger una mora prometedora (que luego siempre está verde).

Mogón Jaén Guadalquivir Río Cross the void Sauce olivo

Alguno incluso le ha escrito un sentido poema y ha salido en la tercera página del programa de Fiestas, después del discurso del alcalde y un puñado de anuncios de charcuterías y bares-terraza. Pero seguro que luego nadie ha pensado textual y tan poco poéticamente: “…Y esto es lo que acaba siendo la corriente mutágena que pasa bajo el puente de Triana”. Y que conste en acta que no es (solo) impresión de forastera.

Asi que sí, debería dejarlo escrito. Lo mismo que los listos que hayan salido con la luna por la carretera de Torafe, donde ya no llega la luz naranja de las farolas, saben que el cielo sin su familiar falta de nitidez cae sobre tu cabeza y te envuelve como el fondo negro tras una naturaleza muerta, de donde cuelgan los trapecios para la Osa Mayor, Menor y los Tres Ositos; para un Carro-Cazo para Calentar la Leche y para todas las constelaciones y estrellas cuyo nombre no sé y a las cuales el hecho de tener un nombre les trae bastante al fresco. Ellos lo han visto y lo saben, pero nunca se han parado en seco en mitad de la calzada, recordando que no se debe ir sola de noche por esos caminos por donde no pasa un alma, que puede haber perros sin cadena, lobos, campesinos con horcas, alienígenas guasones o yonquis despistados. Mi fascinación morbosa por las carreteras desiertas está todavía sin pagar.

Y es que el peligro nos llama. Se cuentan con los dedos de una mano quienes han tenido la sangre fría de hacer incursiones al cuarto de arriba, donde se guardaban las tinajas de aceite, aun sabiendo que dentro había “un tío que te pisa el pescuezo”, palabras textuales de mi abuelo (yayo). ¡Éramos valientes, aguerridos! La gente solo conoce de oídas mi (frustrada) escapada de casa para vivir en la cabina telefónica con un cubo de víveres (higos y plátanos en su mayoría, azúcares simples para la travesía de doblar la esquina de la calle), pero si el mundo fuera justo se cantaría durante siglos sobre tal (intento de) hazaña. Como tampoco muchos pueden presumir de levantarse al alba para la Caza Anual de Caramelos un seis de enero, de ser un avezado estratega en el delicado arte de cansinear pajes reales hasta el hastío, de haber hecho tantos placajes a niños de tres años, fintas a abuelas de ochenta, y haber vivido para contarlo.

Puede que alguien haya estado sin dormir hasta las cinco de la mañana con el balcón abierto de par en par, transpirando por cada poro, y se haya asomado a la calle, la que nunca cambia, la que sube y se abre a la tierrra parda y polvorienta, arañada hasta donde te alcanza la vista de verde oscuro – “oscura” creo que la llaman los que solo la conocen de nombre y aciertan solo a medias: es inamovible y agradecida, es donde ellos clavan sus raíces y las convulsionan y arquean y torsionan antes de que el tiempo las petrifique en vida y sostengan sus silenciosas maquinarias bajo el viento dulzón mucho después de que tú o yo nos hayamos ido. Pero me juego la mano izquierda a que nadie, nadie, NADIE se ha dejado de mientras despedazar en cuatro partes asimétricas, para que cada una se arrastre sobre las losas sin despertar a nadie, buscando la casa que le corresponde…si es que le corresponde alguna. Y como nadie más lo ha hecho, me toca a mí dar fe del asunto.

Por si a alguien le interesa, la foto es del pueblo de mi madre, Mogón (Villacarillo, provincia de Jaén).

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