Pat & Trick

Revisando textos antiguos, me he encontrado con este relato escrito hace eones y revisado hace años, al que tengo un cariño inmenso y nunca había subido aquí.

Es de noche en el circo y Pat está despierto.

No lo parece, porque la vigilia es un estado de conciencia, ni más ni menos. Pero está despierto en la oscuridad y agudiza el oído izquierdo, el que no está apoyado en un colchón raído.

Aunque podría oír una aguja caer a cincuenta metros, no escucha nada nuevo: todo el mundo está durmiendo. Los leones famélicos respiran tranquilos en sus jaulas. El aire recorre el bucle de la trompa del elefante, treinta pasos a su derecha. Alguien se mueve en su catre y suenan los muelles oxidados. Alguien blasfema en sueños, con la voz ronca. Y Trick… sus fosas nasales, apenas a dos pulgadas, exhalan aire cálido a un ritmo constante. Trick duerme y Pat lo sabe. Nadie más podría saberlo, porque el sueño de Trick es un estado de su conciencia y sólo su hermano está lo bastante cerca de su cabeza.

A Pat le tiemblan las manos, como la pasada noche, y la anterior. Tiene un plan, una idea germinando en su cerebro desde hace meses y quizá años, pero siempre lo acaba posponiendo. Un día más. Una oportunidad más de arrepentirse, de que todo mejore. Una salida, cualquiera que no sea ésta. Pero al caer la noche, cuando se acuestan, siempre se lleva consigo su osito de peluche hecho trizas, y duda durante horas antes de caer dormido de puro agotamiento.

Esa noche… ¿había llegado ya la hora?

Manoseó con su mano izquierda aquel oso. Pequeño, áspero y frío. ¿De dónde lo habían sacado? Ya lo tenían cuando el tío Samuel fue a la Gran Guerra y dijo que estaría de vuelta en seis semanas; y también cuando Mae murió de aquella tos. ¿Cuántos años hacía de eso? Lo trajeron el día que llegaron al circo, estaba con ellos desde el principio de los tiempos. Se le habían caído los dos botones que le hacían de ojos, y Pat no podía recordar si los tuvo en algún momento.

Pensó de nuevo en lo que tenía que hacer y a punto estuvo de vomitar su cena. Es difícil saber de cuál de los dos hermanos fue la idea: lo habían pensado en conjunto, y una o dos veces incluso lo habían expresado entre susurros. Pero Trick nunca lo haría, él… siempre estaba asustado. Si por él hubiera sido se habrían quedado en la puerta del orfanato, sentados en la nieve hasta morir de frío. Pat se levantó, lo arrastró lejos de allí

hasta encontrar un sitio más hospitalario. No se puede decir que su vida había mejorado en lo más mínimo… pero seguían vivos.

No, Trick nunca se atrevería a hacer algo así, aunque fuera lo mejor para ambos. Y por eso estaba Pat despierto: en algún momento, tendría que hacerlo él. En solitario.

Empezó a doblar el codo, muy lentamente, unos pocos grados con cada inspiración de Trick. Siempre hay un punto de no retorno, ese ángulo en el que todavía estaba a tiempo de dar marcha atrás, de retrasarlo. Un solo día más. Pero esa tarde había escuchado más abucheos que aplausos, y aún sentía el látigo sobre su espalda, sobre la espalda de su hermano. Ya habían tenido suficiente.

Subió el brazo hasta colocar el peluche junto a su oreja izquierda, frente a la boca de Trick, bajo sus fosas nasales. Notaba el aire frío entrar, detenerse y luego salir incandescente. La mano de Pat se detuvo en el aire. Aún podía arrepentirse. Aún podría tratar de olvidarlo hasta la noche siguiente. Podría esperar a la función del domingo, una nueva ciudad, gente distinta… Tal vez alguien decidiera sacarlos de allí, buscarles un verdadero techo bajo el que dormir, una madre como la que no habían conocido. Tal vez…

A Pat se le encogió el estómago cuando notó un salto en el pulso que latía a su lado. La respiración de Trick se hizo errática, notó contraer sus hombros… había despertado, y Pat no movió uno solo de sus músculos. Sabía que Trick no tardaría en notar que algo pasaba: sentiría la rigidez de su cuerpo, oiría sus dos pulmones desbocados, olería el polvo conocido del oso de felpa pegado a su boca. Es difícil tener secretos cuando se está tan cerca.

Pasaron los segundos, veinte, treinta, y Trick seguía despierto. No se movió. No dijo nada. Sólo respiró hondo y exhaló casi con resignación. Entonces Pat lo entendió: Trick lo sabía, y no se había negado. Le estaba dando permiso.

Y, como un acto reflejo, su mano se cerró sobre el peluche y lo apretó contra la boca de su hermano.

Trick se sobresaltó, y los dos extendieron su cuerpo por instinto. Pat escuchó sus dos corazones acompasados, acelerándose al unísono, y apretó con más fuerza, rezando para que todo acabara pronto. Estaban tan cerca que Pat tenía que esforzarse para encontrar un espacio con oxígeno del que respirar. A Trick le empezó a faltar el aire y pataleó como si de verdad hubiera un lugar en la tierra adonde pudiera escapar. Profirió un gemido que quedó ahogado antes incluso de terminar de nacer. Nadie lo oyó.

Pronto empezaron a fallarle los miembros. Los espasmos se hicieron arrítmicos, aislados, sin fuerza, apenas una contracción de músculos… y nada más.

Pat retiró las manos entumecidas, y escuchó. Nada. Tan solo un silencio sordo, un infinito de moscas zumbando en su tímpano. Por primera vez desde que tenía memoria no oía la respiración de su hermano de fondo, casi imperceptible pero constante. Junto a él sólo había vacío, un vacío que podía aspirarse ruidosamente por debajo de su nariz y anidaba en los pulmones eclosionando como huevos de golondrina. Jamás se había sentido tan solo.

Continuaba temblando, así que subió la manta hasta cubrirlos a los dos. Cogió la mano de Trick, conocida como la suya propia, aún caliente. No tardaría mucho en enfriarse. No, no tardaría en empezar a consumirse su cuerpo entero, como un miembro gangrenado, de dentro hacia afuera. No tardaría, pero mientras tanto él estaba allí solo en la oscuridad, esperando… ésa era la verdadera tortura: no oír un corazón su izquierda. Trick siempre tenía miedo, y a pesar de eso nunca lo había abandonado. En cada noche a la intemperie, en cada función (nadando en las risas y los gritos de asombro), con cada golpe del látigo, él siempre estaba allí. Cuando despertaba, seguía allí. Si quería esconderse, lo acompañaba. Si pensaba en huir, esperaba pacientemente a que dejara de pensarlo.

Tuvo ganas de gritar, tal vez de llorar, pero no lo hizo. No tenía lágrimas. Pat siguió tumbado sin moverse durante horas, esperando. Murmuró palabras que nadie más escuchó. Tiritó de frío y luego de fiebre, acariciando la mano inerte de su hermano, esperando, esperando…

Amaneció, y el circo se despertó. Casi todos, tigres y domadores, payasos y equilibristas, el Hombre Forzudo y la Mujer Barbuda, casi todos abrieron los ojos y pasaron de un estado de conciencia a otro.

Tardaron mucho en darse cuenta que Pat&Trick, los hermanos siameses, la increíble Tijera Humana, seguían acostados… y sin respirar. Con las manos entrelazadas, unidos por el cráneo frente con frente en un ángulo extraño, como el día en el que nacieron: sin ojos que estar cerrados.

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