Queridos Reyes Magos: os estaba esperando.

Sin prisa, tengo toda la noche.

Porque no recuerdo en qué momento perdí todo el respeto que la madrugada se merece. Las 12 de la noche, el punto de inflexión entre el día que muere en el acto y el día que se levanta de un salto;  la hora de los espectros, la de las doce campanadas del reloj de pared en un salón polvoriento. ¿Recordáis? Hoy me pillarán escribiendo, sin pena ni gloria, como ayer y antes de ayer. Ni me enteraré de que ha ocurrido: tengo el reloj de pulsera adelantado 5 minutos, para no llegar tarde a ningún sitio.

No podéis escapar de mí. No podéis esperar a que me duerma, el sol no espera a nadie. Saldrá, y yo seguiré aquí. Con los dedos agarrotados, con una taza de té frío. Tarde o temprano tendréis que cruzar mi puerta, y yo tendré los ojos bien abiertos. Dejaréis a los pies de mi cama lo que tengáis a bien dejarme: carbón, carbón, CARBÓN, porque me he portado TAN bien que no dejaréis que me congele sin combustible después del sablazo de Endesa el mes pasado. Los camellos mordisquearán los cactus de plástico. Un paje levantará una ceja inquisitiva ante el caos de ropa que intenta escapar por cada rendija de los cajones, pero no dirá nada, por protocolo.

Me saludaréis con un gesto (como de cowboys con turbante y corona) y os marcharéis con prisa. Hay mucho trabajo que hacer, sin cobrar la nocturnidad, es el ritmo que exige la vida moderna.

Ah.

Pero cuando las luces se hayan apagado, el pasillo esté oscuro, las perchas proyecten su sombra retorcida, el papel de regalo a mis pies cruja sin que nadie ni nada se haya movido, y los lazos rojos brillen con una seducción que arde sin consumirse durante horas…

 

Bueno, entonces tendréis que darme las gracias. Porque ni vosotros ni yo podremos ser nunca más inocentes, ni más puros.

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