Reverberación

Esto es un pozo.

 

Una, dos o siete veces al mes, alguien tira una piedra. El agua se despierta de un salto y las ondas salpican el musgo que se empeña en crecer sobre las paredes cilíndricas. Dura diez segundos, quince a lo sumo, antes de que la superficie se amanse como un cordero recién nacido y refleje con precisión fotográfica la pupila que hace guardia desde arriba.

Algún tiempo después, alguien tira otra piedra.

Tiene más de Penélope que de Sísifo, si lo piensas: la piedra cumple siempre su cometido y se completa a sí misma. Calienta el aire por fricción durante la caída. Provoca un maremoto apocalíptico para la microbiota local. Roca tras roca, año tras año, se acumulan en capas geológicas fáciles de datar (“Y esta preciosidad metamórfica que ven aquí es de 2013, cuando creías que mantener un blog iba a servirte de algo”). Si sigo vaciando el suelo de pedruscos para llenar el pozo durante siglos o milenios, tal vez en algún momento el agua rebose y alcance la tierra, inunde la hierba y riegue las flores. Pero, ah, todo lo hecho durante el día se escapa por sumideros milimétricos durante la noche.

 

Tal vez ellos tenían razón y esto debería haber acabado 10 años antes de que empezara.

Tal vez tenían razón aquellos otros. Los que decían “tienes talento, mi niña. Sólo te queda trabajar y vender. Trabajar más. Vender mejor”.

Para recibir primero tienes que dar.

Tienes un pozo de palabras amontonadas unas debajo de otras, y no las puedes sacar. Están ahí, pero como si no estuvieran. Las conoces por su nombre porque las has parido con dolor. Bienaventurados los miriadillizos, porque vivirán por siempre hacinados en el limbo. Son demasiados para una madre tan histérica. Pero para poder dar, primero tienes que recibir.

 

Y no sabría por dónde empezar. Aquí en la central no saben si catalogarlo de Pereza, de Soberbia o váyase usted a saber. Lo único que tienen claro es que no soy una nostálgica, no soy una loba esteparia ni una ermitaña al uso.

Soy la Tonta del Pueblo, con todas sus letras. Y lo único que he venido a buscar es el indescriptible placer que produce el sonido de una piedra al caer en el agua, rebotando y escalando por las paredes, hasta estallar dulcemente contra una oreja cansada.

Reverberación, Blog

 

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