Sobre monstruos y filtros

(Abres los ojos. Nada. Cierras y abres y nada. Si tienes retinas funcionales no puedes saber de lo que estoy hablando: seguro que conservas algún recuerdo de la luz del sol. ¿Lo tienes? Arráncatelo. Tu corazón contra las costillas, la fluctuación de tu pulso, los remolinos de aire de tu propia respiración… largo. Flotas lejos de la música de las esferas, donde no hay átomos que vibren para perturbar tus tímpanos, donde no hay suelo que se deforme bajo tus pies.
Si no te angustia es que no me estás siguiendo. Tal vez hayas muerto y puede que te hayan enterrado; pero no hay madera ni terciopelo, ni tierra, ni cielo ni infierno. Ni arriba ni abajo. Y si los hay… bueno, no tienes manera de averiguarlo.)

Una bocanada de viento me abofetea la cara de dentro afuera. Quién lo iba a decir, verdaderamente hay “algo”. “Algo” está desprendiendo su esencia adimensional al aire rancio y juega a torturarme: ha encontrado libre un resquicio para envenenar mi cuerpo. Se ancla en la puerta y escala las paredes. Deja detrás un regusto áspero, ¿qué es? Una ola me ha derribado, y ruedo bajo agua y arena que asaltan mis orificios… aguijonea igual, pero no es el mar que yo conozco. El de las playas abiertas al sol, viento blanco y aguas sin sombras donde puedan guarecerse los monstruos. No. Pero sé cuál es, he estado allí, y no sólo lo he visto. Es el de los acantilados y el frío, el de musgo y liquen sobre la roca sufrida, el de sal etérea que se anida y cristaliza dentro de las fosas nasales. Costa de muerte, decían. Sabían de lo que hablaban.

Pero esto está vivo, y se acerca. Hiede a vida de baja alcurnia, cada vez más intensa. No a mi clase de vida, almizcleña y cálida, expuesta indecentemente al aire a través de mil ventanas. Es una vida helada, cruda, que no deja escapar una gota de esencia más de la estrictamente necesaria.

Recuerdo… recuerdo el olor de sus vísceras, de su carne despedazada exhibiéndose a narices indiscretas y (tan incomprensiblemente) complacidas. Recuerdo el vapor corrupto saliendo de una olla a borbotones, un mar devónico en miniatura hirviendo sobre un volcán submarino; miasma de cloro y sodio abrasándome desde la tráquea hasta el fondo de los pulmones. Recuerdo la náusea por asociación, absurda, irracional y hasta socialmente cómica. Pero si ellos hubieran estado aquí dejaría de resultarles fragante, sabrían que en su forma salvaje y endemoniada no huele a Navidad ni a Año Nuevo. No se acompaña de talco y mantelería fina planchada para la ocasión, del olor dulzón del vino, no chisporrotea una copa de champán ni un cabo de vela se deshace al aire en humo para acompañarla.

Bajo el vaho gris de algas parásitas, es sólo una maquinaria viva que apenas acierta a entibiar su propio aliento.

Está cerca, muy cerca, pero yo no sé dónde está mi cuerpo. Podría estar desmenuzando la carne de mis miembros, bañándose en mi sangre, y no sentirlo. Su hedor húmedo parece ya nacer en mis mismas vías aéreas, rebasar mis diques, encharcarme las entrañas, ahogar sin rematarme. Ahora debemos de estar en su medio, y yo solo puedo filtrar, filtrar su rastro como un molusco aferrado al suelo arenoso, sin escapatoria. Ha trepado por los nervios y entrado en mi cabeza: mi sistema límbico comienza la génesis ciega de pánico irracional. Me pregunto si ella puede sentirlo. Y si también siente miedo de este repugnante ser que apesta a jazmín y sudor frío. Si soy un engendro que se va deshaciendo en pequeñas porciones en su mundo de coral y esquisto. Si desea que desaparezca de su espacio sensorial tanto como yo deseo que ella nunca hubiese existido.

Desearía perder el sentido, pero es casi lo único que no he perdido. Esto no va a acabar, ya sé que no puede matarme (estoy harta de ese argumento); y aunque pudiera, la muerte es insuficiente, para las dos. Matarnos no acaba con nuestra aberración, no nos elimina del mapa. Los retorcidos caprichos de la naturaleza siguen corrompiendo el ambiente, aire o agua, salitre o almizcle, mucho después de muertas.

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