The Rose and the Saw

De solsticio a solsticio, sólo he aprendido una cosa: que el centro del ser humano, a pesar de la creencia popular, no es el corazón ni el cerebro ni la glándula pineal. Es el intestino. Una persona es un tubo y los anejos que al tubo acompañan.

Es un hecho poco documentado, pero hay bibliografía. A. Nothomb ya me injertó la idea años ha, y aunque su discurso eminentemente místico le quitaba protagonismo a la impepinabilidad anatómica, la idea central brilla como un LED. El tubo es lo más preciado, y cuando el tubo cae, todo lo demás rueda escaleras abajo. Ruidosamente. Una sierra eléctrica cercenando un rosal sin la menor piedad ni delicadeza. Tengo ganas de llorar.

Porque un intestino funcional es el sinónimo de vida, y A. Pizarnik decía que para qué tanta vida.

Para los que están al pie del cañón sabemos que está mal formulado. Habría que decir “para qué esta cantidad de vida justa y suficiente para todos, pero tan mal distribuida”. Sabemos (intuimos) que en cuanto a voluntad e instinto de supervivencia, me ganaban todas y cada una de ellas, por goleada. Que nacieron bajo un huracán y que bastaría un soplo de brisa para desarmarme, pero heme aquí hoy. Me sobra la vida que les falta a ellas.

(Suena Lucy in the sky with diamonds. No tengo derecho a sentirme más triste que eso).

Mientras escribo, miro hacia abajo y mi cuerpo sigue siendo una maquinaria de piezas suaves y blandas.

 

Tanta tripa, Señor. Para qué tanta tripa.

 

 

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