Tiempo de cardioplejia

Sé que estoy viva, porque el pitido robótico reverbera en la sala sigue siendo rítmico y tranquilizador. Mi cuerpo es un fluido no newtoniano, desparramado, apenas contenido sobre una camilla… pero sigue funcionando. Ocho personas vestidas de papel azul revolotean como fauna cadavérica haciendo tiempo para la cena.

No he muerto. No, todavía no.

Recuerdo vagamente que leí y firmé dos formularios iguales. Juré y perjuré que no tenía alergias conocidas ni antecedentes de interés. Recuerdo que lo hice, aunque no consigo acordarme de por qué. Pero este desdoblamiento de la conciencia no puede ser normal, alguien debería avisar a la anestesista y que me traiga de vuelta. La puedo ver anotar las constantes con calma en su silla de plástico gris: tiene dos lunares bajo la mandíbula derecha. Puedo verla con los ojos muy abiertos debajo de mis párpados pegados con esparadrapo.

Estoy levitando a veinte centímetros de mi pecho, y lo que se ve de él es apenas un cuadrado de piel y yodo plastificado, naufragando en el mar de arrugas de tela verde pino. A su alrededor, cuatro pares de manos tamaño supra-mujer con sus respectivos guantes (estériles, con talco, tamaño siete) colocan un amasijo metálico sobre mí.

El acero muerde con ganas, y el murmullo de ferretería es una canción de cuna. Nunca pensarías que un esternón humano puede abrirse en dos con tanta facilidad, como un mar Rojo literal.

Pero no duele. Ni lo más mínimo. Maravillas de la analgesia (post)moderna.

Dos verdugos enmascaradas hurgan en la herida bajo las luces multifocales, proyectando mariposas de multisombras en las profundidades. Hay algo que se intuye bajo el tejido amarillento, se mueve, está vivo y necesita más espacio. Me pregunto por qué tardan tanto en sacarlo de ese nido oscuro. Me pregunto por qué nadie abre las ventanas para que vea el sol por primera vez en más de dos décadas encerrado.

Las manos cosen mecánicamente, con puntadas certeras en el lugar exacto. Las agujas entran y salen, y se preguntan si me han soñado, dejando atrás un puñado de hilos huérfanos. Sólo las dos cánulas de plástico saben que existo: testificarán y dirán bajo juramento que me perforaron el corazón, pero yo seguí viva. Señalarán en una maqueta de plástico flexible como yo las llené por dentro en venganza, lamiendo sus paredes en implosiones de metrónomo, una en rojo vivo y otra en rojo vino.

Mi sangre parece entusiasmada con el paseo lejos de su itinerario habitual. Yo viajo con ella hasta la máquina de circulación extracorpórea, un laberinto de PVC transparente donde las turbinas dulces aprietan pero no ahogan. Burbujeo, me precipito en gotas, me remanso en cilindros con marcas de medida, y la bomba genera un vacío elástico que me lleva de vuelta a mi cuerpo, al lugar que me corresponde.

Hidrodinámica básica, llevada a la perfección. Es poco menos que un milagro. Necesito que me extuben, que me incorporen para poder llorar de asombro.

—Suero frío —es mi voz inconmovible la que habla, pero sale de una laringe que no es la mía.

Alguien vacía media botella de hielo sobre mi pecho y la visión de la nieve artificial cayendo en ventisca en el lecho de vísceras dispara un escalofrío inconcluso. Y con la sangre fría (en el punto de fusión), ya recuerdo por qué estoy aquí. Qué leí y para qué firmé. Dos veces.

—Paramos corazón.

—Paramos —responde la ninfa del eco, la perfusionista con mi misma nariz por encima de la mascarilla verde.

—Iniciamos tiempo de cardioplejia.

El reloj de quirófano marca las 11 horas, 23 minutos, 14 segundos.

Mi corazón. Está temblando, intoxicado con poco más que aguanieve y sal de mesa. Está temblando y mi voz en una garganta que no ubico en el espacio lo llama “saco de gusanos”. Lo llama así porque nadie más oye a cada fibra del miocardio gritar “Madre, madre, ¿por qué me has abandonado?”. Como si yo no estuviera crucificada por vías periféricas. Como si pudiera llevarme las manos desnudas al pecho y exprimirlo como una naranja.

Todos los presentes se bajan las mascarillas y muestran mi cara. Todos se quitan el gorro y mi pelo les cae al unísono por encima de cada par de hombros. Esperan mirando en silencio al lugar donde debería haber un núcleo humano palpitante.

Pero parece estar bien, parece tranquilo. La sangre entra y sale a través de los tubos a la velocidad y tensión prefijadas, en un rango seguro y confortable, ocurra lo que ocurra. Han hecho un trabajo estupendo, sus malditos sobresaltos me estaban haciendo la vida imposible: en un momento lo tenía en un puño, en la boca o en otros lugares que no le corresponden. M más tarde daba un vuelco, luego no me cabía en el pecho. Cualquier día, aparece alguien para pedírtelo prestado. Quizás lo destroce y tú

tengas que apañarte el resto de tus días con cuatro despojos de músculo para seguir viviendo.

Está infinitamente mejor así. Nada ni nadie puede perturbarlo. El pitido robótico que reverbera en la sala jamás ha sido tan rítmico y puro.

La estudiante se acerca con pasos torpes. Lleva horas exhalando veneno inútil sobre el campo quirúrgico, pero la he perdonado porque también tiene ojos claros y cara de haber dormido muy poco. Se pone de puntillas a una distancia prudencial de mi cuerpo, observa sin ver nada, y pregunta:

—¿Cuánto tiempo puede pasar este corazón parado?

Nadie sabe la respuesta.

(Publicado en la Antología “Cada quien su cuento”

del taller de escritura creativa).

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