Tiempo de cardioplejia (Antigua versión)

(Nueva edición en la Antología “Cada quien su cuento” del taller de escritura creativa).

Sé que no he muerto, porque el pitido robótico que hace eco en la sala sigue siendo rítmico y tranquilizador: mi cuerpo es un fluido no newtoniano, apenas contenido, desparramado en verde y en yodo… pero sigue funcionando. Las ninfas azules de luciérnaga revolotean como fauna cadavérica haciendo tiempo para la cena.

No he muerto, aún.

Recuerdo que leí y firmé, dos veces. Juré y perjuré que no tenía alergias conocidas ni antecedentes de interés, antes de que me pusieran un dedo encima (lo que no consigo recordar muy bien es POR QUÉ). Pero este desdoblamiento de la conciencia no puede ser normal, alguien debería llamar a la anestesista y que me termine de rematar (ella está fuera tomándose un capuccino con tres de azúcar, como a ella le gusta. Tiene un perfil bonito, besando el borde del vaso). Puedo verla a través de las puertas metálicas con mis ojos muy abiertos debajo de los párpados pegados con esparadrapo. Casi levitando. El ruido de ferretería es una canción de cuna sobre el surco intermamario (previamente esterilizado con saliva y lágrimas, por falta de presupuesto), y un esternón se rompe con TANTA facilidad…

El acero muerde con ganas y separa carne y huesos como un mar Rojo particularmente rojo. No duele. NO DUELE. Maravillas de la analgesia posmoderna.

Hay dos verdugos enmascarados, con manos largas de supramujer, hurgando en la herida. Me molesta más que proyecten tantas multisombras bajo las luces multifocales en mi núcleo palpitante. Dos décadas encerrado dentro, ¿por qué no abrís una ventana en la pared y dejáis que entre el Sol? Tenéis instrumental de sobra.

No oyen, sólo dan puntos torpes en el sitio preciso. Las agujas entran y salen, y se preguntan si me han soñado. Sólo las cánulas saben que existo, como prueba testifical: cuando les pregunten dónde las toqué, dirán que me perforaron el corazón, pero que seguí viva; y señalarán en una maqueta de plástico flexible cómo las llené por dentro, lamiendo sus paredes, deslizándome por implosiones de metrónomo, en rojo vino y rojo vivo.

Dentro de la maquinaria (un laberinto de PVC) las turbinas dulces aprietan pero no ahogan. Burbujeo, me precipito en gotas, me remanso en cilindros con marcas de medida, y la bomba (diosa y señora) genera un vacío elástico que me devuelve al lugar que me corresponde.

Hidrodinámica básica llevada a la perfección.

(Dónde está la anestesista cuando se la necesita. Quiero que me desentuben y me incorporen, para llorar de puro asombro a gusto).

“Suero frío”.

Es mi voz, inconmovible, salida de una laringe desdoblada que no consigo ubicar en el espacio. Y la visión de la nieve artificial cayendo en ventisca sobre el lecho de vísceras bajo mis costillas dispara un escalofrío inconcluso que me quita el aliento que no tengo.

Con la sangre fría (en el punto de fusión), ya recuerdo por qué estoy aquí, qué he leído, y para qué he firmado. Dos veces.

“Paramos corazón” – “Paramos”. La ninfa del eco es la perfusionista, con mi nariz, y dos lunares bajo la mandíbula derecha.

“Iniciamos tiempo de cardioplejia”.

Mi corazón. Está temblando, intoxicado con poco más que sal de mesa.

Está temblando y ellos lo llaman “saco de gusanos” porque no oyen a cada fibra del miocardio gritar “Madre, madre, ¿por qué me has abandonado?”, COMO SI YO NO ESTUVIERA CRUCIFICADA POR VÍAS PERIFÉRICAS y pudiera llevarme las manos al pecho descubierto para exprimirlo como una naranja abierta.

El preludio de muerte es una respiración ficticia de pánico seguida de un silencio inexplorado, sin latidos en las sienes.

Pero aún estoy viva.

Anexo.

La estudiante lleva horas exhalando veneno inútil sobre el campo quirúrgico. Se lo perdono, porque también tiene ojos claros y cara de soñar poco con personas que no son ella.

Se acerca a una distancia prudencial y pregunta “¿Cuánto tiempo puede pasar este corazón parado?”.

 Aquí nadie sabe la respuesta.

¡Los comentarios son bienvenidos!