Ubi pus

I-B-I  E-V-A-C-U-A. Y de qué manera.

Sin entrar en palabrería ni detalles técnicos, hoy me he levantado con un nido de hidras heptacéfalas debajo del diafragma. Los huevos eclosionan y la prole se contorsiona entre vísceras, llamando a su madre, abriéndose paso a dentelladas ciegas. Abrimos en canal y qué nos da en la cara: bilis, tinta y cafeína macerada; un surtidor de pestilencia, la esencia del demonio buscando la salida como una rata acorralada.

Hay que sacarlas. Cada fin de cuatrimestre, hay que sacarlas.

Así que hoy voy a ser breve. No tengo tiempo de hacer balances contigo, de lo que me has dado y lo que me has quitado (ya hablaremos en casa). Igualmente tengo todas las de perder: sabía dónde me metía, he contado las balas, firmado con sangre, pagado al contado, todo bien, todo conforme. A estas alturas he perdido el derecho a preguntar, pero todos los septiembres hago lo mismo: ¿es esto una prueba de iniciación más antes de la hora del sacrificio, o es que sólo necesito dormir como dios manda?

– ¿Tú qué crees?

– No lo sé. Realmente no sé NADA. Y si sabía algo antes, debe de estar debajo de la montaña de escombros. No me estás ayudando.

– Desde aquí arriba tienes unas vistas privilegiadas del Valle de Lágrimas, ¿sabes? – sonrisa -. Virgen e inexplorado. Sí, volverás algún día, pero ya no tendrás pretextos para no bajar y abrirles el camino a machetazos. Disfruta esto mientras puedas, porque lo echarás de menos. No hay perfusión de adrenalina que sustituya la expectación desesperada de la caza sin flechas.

Que alguien me dé tres razones para no mandarla A LA PORRA.

Recuerdo haberme asomado al borde del barranco, y encontrarme con Santa Gema de Cartulina escudriñándome las entrañas con sus cándidos ojos, desde una cabecera ajena, abajo, en el fondo. No lo pensé entonces porque no me dolía, pero era obvio que ella sí lo sabía, y que la habías enviado con un cuchillo de curandera a la espalda. A lo mejor sólo estoy cansada, pero a lo mejor lo que necesito es que me partan y extiendan sobre la mesa, sin asepsia ni parafernalia. Abrid las compuertas, apuñalad los diques, anegad el papel, que no quede uno intacto (tampoco es que entendiera una palabra). Ya casi no puedo descifrar mi condenada letra de médico en crisálida: “Isa” se escribe igual que “Ira”. Y ni puedo echarte la culpa, ni me quedan excusas que valgan.

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