Un nudo

A veces vuelvo aquí a pasear en mis letras catalépticas. Quién si no va a hacerlo.

 

Y Hollywood puede ir diciendo misa, pero las bibliotecas abandonadas y polvorientas no tienen encanto ninguno. La reverberación de los pasos no tiene encanto ninguno. Las larvas de polillas tienen un encanto medio-bajo, como muchísimo. Encender el candil para releer es iluminar una catacumba de celulosa vestigial figurada.

Duele.  Duele, duele.

 

Debería escribir, como tantos otros “debería”. Se me acumular bajo la almohada. Cualquier día de estos me cansaré y lapidaré a mi siamesa malvada a base de condicionales.Piénsalo: el cielo se volverá negro con una lluvia de hiatos. Casi todos rebotarán, pero de todos, alguno dará en hueso. Moriremos. Moriremos y regaremos con sal estos años de palabras manidas y envasadas al vacío.

Pero para qué. Si hoy no soy capaz siquiera de narrarlo con antelación. Cada letra de más es un parto nuevo y renovado.

 

Y, como una serpiente haciendo garganta profunda con su propio apéndice distal, el silencio sólo amplifica el silencio para ser capaz de amplificar el silencio y entonces, sólo entonces,… nada.

Más ecos en el pasillo.

El murmullo de las hojas ocres.

El ozono transmutando.

Una crispación de aritenoides, sutil, amargo, imperceptible. Un… un nudo gordiano en la garganta.

 

 

 

 

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