“…y como madre, hay que respetarla”.

En este cuarto no hay cortinas, pero la luz no es un problema. El ruido no es un problema. 6,7 en la escala de Richter es un vaivén de nodriza. ¿De verdad puedes seguir aquí a estas horas, con tantos pasos repicando en el piso de arriba y tantos pájaros que trinan “Buenas tardes – Buenos días”? Les gusta quedarse conmigo, porque saben que el reloj de la mesita queda fuera del alcance de mis 7,5 dioptrías. Habrá que recurrir a métodos más elaborados: aproximamos el ángulo con el que inciden los rayos sobre el escritorio… ¿con cuántos grados inciden en Alejandría? Qué más da. Era sólo curiosidad estadística.

Que a nadie le lleve a engaño la ropa desordenada y los cerros de papeles desperdigados por la habitación con un algoritmo concreto: esto no tiene nada de bohemio. Al menos, no más que un perezoso rascándose la panza (allá usted y su criterio).  Ni siquiera me molesto en meditar mirando al techo, ni busco mensajes de los soviéticos uniendo las sombras del gotelé, ni hago una lista mental de las cosas que debería estar haciendo. No. Me concentro en mantener el encefalograma chisporroteando a una frecuencia y amplitud concreta (theta, creo) y en no espantar a los miles de ácaros que están de fiesta mayor en mi espalda. No porque les tenga un especial cariño: son tan monstruosos como cualquier otro artrópodo estándar, con sus patas y antenas y pinzas y apéndices supernumerarios. De ser algo más visibles también los querría ver aniquilados de la creación (y SÍ, es un juicio irracional e infundado, MI juicio irracional e infundado para ser más exactos). Pero están de suerte. Se reúnen a medio camino entre mis dos escápulas y se hace el silencio; alzan sus microscópicas copas llenas de alguno de mis fluidos y brindan a mi salud, por que me mantenga viva y sana y les proporcione maná en cantidad durante cientos de generaciones. ¿Cómo no voy a dejarlos existir? Mis bronquios los ignoran con inmaculada eficiencia. Por el momento.

Últimos días (redoble de tambor). Una mano lánguida se me cae por el abismo, pero sólo hay turno de tarde-noche en el inframundo. La puerta del armario está entreabierta y lo único que se asoma son las mangas de una chaqueta. Hace sol, demasiado sol, un sol escandaloso, ¿cómo puedes dormitar aún? Porque puedo. Y no, no tendré tiempo de sobra para ello cuando esté muerta, que te veo llegar con esas. Estaré demasiado ocupada redistribuyendo mis iones y desnaturalizando mis proteínas. Mis diminutos comensales guardarán la chistera y el monóculo y sacarán el hacha de guerra, y yo tendré que salir en bata y zapatillas a abrirles las puertas.

Perdón por tardar tanto, he estado muy liada dejándolo para otro día.

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